07 septiembre 2018

Descubriendo la entrada al Paraíso

Descubrí la entrada al Paraíso Terrenal una tarde de septiembre, mientras recogía moras y eliminaba plantas invasoras en una finca abandonada y condenada a la piqueta en las afueras de Kaskarilleira.
Me había adentrado por el hueco de un muro medio derrumbado y  esquivando las inmensas zarzas logré penetrar por aquel terreno resbaladizo. Había un miserable chamizo con la puerta cerrada donde en tiempos laboriosos sus antiguos habitantes debían guardar los aperos. Ahora seguramente estaba abandonado o sería nido de jeringuillas y demás aperos de la modernidad caballuna. Un detective privado no puede dejar de liberar cualquier estancia privada de luz y allí me fui.
Jodida trampa, literalmente me vine abajo envuelto en una nube de tierra y hojarasca. Un metro, no más. Resultado: un susto, cierto sentimiento de ser un capullo y el afán de limpiar el polvo que se me había incrustado en la camiseta y en el viejo pantalón que usaba como avezado cazador de moras.
Comprobé que estaba en un túnel oscuro con cierta luminosidad al fondo a la derecha. Anduve diez o doce metros a lo sumo y llegué a una gran cripta mortuoria, aunque sin fiambres a la vista.
En su lugar encontré un tipo de más de dos metros cuarenta de altura, larga melena blanca de esas que quedan tan chulas cuando hay viento, vestido con una túnica adlib años 70 y con pinta de guiri. Parecía custodiar una enorme puerta de dos hojas muy brillante, quizás de mármol o de cualquier otro material inmensamente noble. Llevaba un cinto dorado y una especie de vaina en el lado izquierdo. A su lado descansaba un bulto de plumas
Pensé: "Ésto es Ibiza, solo en Ibiza se puede ver algo así. Seguro que es una de esas discotecas que te exprimen hasta él último euro y luego te aburres como una ostra junto a cuatro pelagatos paganinis como tú; mientras los VIPS, que han entrado de gorra, se lo pasan a lo grande en la zona reservada."
  • ¿Cuanto cuesta la entrada? 
No me respondió
  • ¿Entiende lo que le digo?
  • Aquí nadie entra, solo sale.
Nunca había oído nada semejante. Su voz era poderosa e hiriente, retumbante. Me tuve que agarrar al muro para no caerme allí mismo. Viéndome en un aprieto, el bigardo me susurró.
  • Usted perdone, no estoy acostumbrado a recibir visitas.  
  • ¿Entonces el negocio va mal?
  • Esto no es un negocio, es el Paraíso Terrenal, el del Génesis.
  • No le creo. ¿Cómo va estar el Jardín del Edén en una finca abandonada en las afueras de Kaskarilleira y al lado mismo de los hospitales?
  • Está es una de sus múltiples entradas, hay cientos de ellas por todo el mundo. 
  • Si eso fuera cierto, usted sería... 
  • Un ángel, concretamente un querubín.
El tipo seguía sin alzar la voz, pero al decir aquello me aparté un poco.
  • Debe comprender que no puedo creerle. Su paraíso perdido me resulta ajeno. Veo más próximo el Reino de Dios, el Nirvana, los Campos Elisios o el Valhalla y sin embargo, están allá arriba en el cielo y no en la Tierra. El Jardín del Edén y sus vicisitudes derrotistas me resulta muy descorazonador para la especie humana. Es mogollón de chungo. No hay esperanza en ese paisaje de la Biblia, solo fracaso y desolación. Si me hablase usted del paraíso socialista o de la Yanna islámica sería aceptable pero...
Era una charla insensata e incontrolable, pura palabrería pedante para dominar el miedo y otorgarme cierta seguridad frente a aquel bicharraco angélico. Los efectos no fueron los deseados. El querubín se estaba cabreando de verdad y se iba pareciendo más al ángel exterminador del Apocalipsis que al segurata cumplidor del Génesis. Pude comprobar que se le estaba erizando la melena de forma extravagante, la mirada se le iba afilando desde el centro de los ojos  como si fuera a lanzarme un rayo láser y sus manazas, convertidas en garras siniestras, se iban acercando al cinto dorado. Ciertamente no había leído el "Tratado sobre la Tolerancia" de Voltaire.
  • ¿Si quiere le enseño la espada flamígera? 
Lo dijo otra vez con voz tonante y sacando de la vaina una enorme espada de fuego, la exhibió sin vergüenza delante de mis ojos.
  • Buah neno, una ful;  es más impresionante la de Darth Vader.
Quedó paralizado en un momento de confusión y yo aproveché para lanzarme sobre el bulto de plumas que como habréis pensado ya, que sois muy listos, eran sus alas de quita y pon. Luego me las coloqué en la espalda y salí como un cohete a través del túnel. Minutos más tarde choqué contra una pared rocosa, caí al suelo, hice recuento de daños sin observar síntomas preocupantes y subí por una rampa de tierra hasta la superficie. Hice saltar la tapa de la alcantarilla y el ruidoso tráfico de mi amada Kaskarilleira me abrazó entre sus recovecos.

12 julio 2018

Pato patógeno

En un lugar de la charca, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un pato hidalgo de los de lengua de avispero, solera antigua, perfil enteco y por lo demás, poco laborioso. Aunque debiera esforzarse en comer como sus congéneres salvajes - plantas, vegetales, insectos o semillas - se había aficionado a zampar de gorra y sin esfuerzo las migas de pan o las palomitas que los transeúntes humanos le tiraban a sus dominios en el estanque.
Quizás fuese la pobreza de su dieta que había debilitado sus alas y le impedía volar. Quizás fuese la cochina envidia al ver que su hermano pequeño, el escuálido, se había convertido en un enorme cisne elegante con pretensiones de grandeza. Quizás fuese una cosa u otra o que las dos conjuntas le afectaran a la cabeza convirtiéndole en un caso clínico de pato patológico, lo cierto es que cogió una enorme manía a la charca y a todos sus habitantes.
Transformado en rebelde con causa,  se pasaba el día bramando denuestos a diestro y siniestro, aunque respetando las pausas necesarias cuando advertía la llegada de algún visitante provisto de vituallas. Cuando éstos le daban la espalda volvía y revolvía en su manía difamatoria.
"Los humanos, esos miserables carceleros que me tienen enclaustrado en  esta poza inmunda sin dejarme volar a otros mundos mejores".
"Los patos, esos mindundis domesticados, acobardados y sin cerebro incapaces de soltar un huac más alto que el del vecino, por miedo a que algún renacuajo se lo tome a mal".
Con todo, sus mayores y más suculentas injurias iban dirigidas al hermano traidor.
"Tú, pedazo de cisne miserable,  que hace dos días estaban conmigo chupando  mierda en esta jodida charca y que eras más feo que un sapo echando un esputo. Tú, rastrero infeliz, haciendo cogollo con tus amigos pajarracos, exhibiendo tus blancas plumas de pijo y mirándome altivo, desde arriba de ese cuello tan largo como un mes sin migas de pan. ¿Acaso te crees mejor que yo, figurín? Ya te vale. Ándate con cuidado, anátida, que si algún día me cansas, te hago un nudo marinero en ese pescuezo de culebra con acromegalia y adiós". "Eres un puto pato vendido"
Aquel día se quedó muy relajado tras soltar su habitual andanada. Luego miró a la izquierda, miró a la derecha, miró adelante y miro atrás. Quería asegurarse de que nadie hubiera oído o descifrado sus graznidos y quedó tranquilo. Entonces le llegó un chorro de luz. Miró al cielo y tuvo tiempo de observar como la luna llena se escondía pudorosa detrás de una nube.
"Maldita cotilla presumida  ¿También tú te crees importante por que estás ahí arriba y  luces mucho?" "Pues a mí no me impresionan tus estúpidas galas de escaparate"
Giro en redondo con gesto orgulloso y se fue a resguardar tras los cañaverales.

29 junio 2018

Atrapados en la olla gigante submarina

Resumen de capítulos anteriores: 
Estoy atrapado dentro de una olla de cobre gigante por culpa de unos pulpos, mimetizados en marineros, que me cogieron prisionero cuando me lancé con mis alas de Amazon sobre el barco carguero donde habían secuestrado a María Rita, la escultura que preside la plaza mayor de Kaskarilleira. A mi lado está un tipo al que apodan Capitán Nemo y que al parecer, comandaba la nave  que me trajo hasta aquí.
(Para más detalles, atrévase con este enlace)
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Doy vueltas por el recinto intentando olvidar la escena espeluznante que he contemplado ahí fuera. Han pasado las horas, he bebido agua de la cantimplora que me ha ofrecido el Capitán Nemo, he comido dos o tres barritas de cereales de las que llevo en cada misión, pero sigo atrapado en el delirio. Tengo que sacarlo de mí, tengo que sacar el pavor de dentro para que no acabe conmigo.
Recuerdo y me estremezco. Vislumbré una mesa circular rodeando la olla. Encima, sobre una especie de mantel  de un color ominosamente parecido al de la piel humana, un grupo de pulpos movían sus tentáculos de forma acompasada. Abajo, otras decenas, quizás cientos de sus congéneres cefalópodos les jaleaban. Algo así, incluido twist, pero en versión pulpo:

Basta, no puedo soportarlo. Tampoco puedo soportar la sonrisa sarcástica del Capitan Nemo que me observa tirado en su rincón mientras aprieta un botón y pone música en su herrumbroso casette.

Cuando acaba, se yergue y mira su reloj.
  • Creo que ha llegado la hora.
  • ¿La hora de qué? -le digo sin disimular mi angustia.
  • De llamar al Comando.
  • ¿Qué Comando?
  • El que nos va a sacar de aquí.
  • Pero usted dijo que no teníamos escapatoria. 
  • Quería ver su reacción y la verdad no me ha defraudado, creo que está completamente acojonado.
El muy cabrón se echa unas risas mientras introduce la mano en el bolsillo superior de la zamarra y saca un móvil negro que tiene una calavera con tibias cruzadas en su parte posterior. La conversación es rápida y perentoria.
  • ¿Estáis listas? Vale, en marcha.
La perplejidad me mantiene en silencio. El capitán vuelve a hablar con tono pausado y moviendo las manos.
  • Calculo unos tres minutos, más o menos.
Uno, dos, tres interminables minutos de angustia, terror y miedo. Luego oigo un estampido que hace retumbar la olla, seguido de un insoportable cras, cras, cras como de tijeras, penetrante, agudo, repulsivo.
Miro por la escotilla pero solo veo estampado el enorme manchón de sangre que por el otro lado la recubre. También oigo ruido de chapoteos y de cuerpos moviéndose de forma compulsiva.
  • No se inquiete, el Comando de Polbeiras Submarinas resolverá nuestro problema. 
  • ¿El Comando de Polbeiras Submarinas?
  • A lo mejor prefiere llamarlas pulpeiras. No pasa nada, es aceptable.
  • ¿Pero que están haciendo? -digo patidifuso
  • Pues lo que suelen hacen las polbeiras o pulpeiras: preparar el pulpo antes de servirlo. Algo así:

  • Amigo detective, le veo algo pálido, piense que las tabernas y pulperías de Kaskarilleira vivirán ahora su momento de gloria. Tendrán el mejor pulpo, el de las simas más profundas del océano, sin tenerlo que importarlo de fuera.  Y todo a un precio increíble ya que hay stock para mucho tiempo. Si se congela, claro.
    Eh ¿qué le pasa detective? No pierda la compostura, no me haga la puñeta y se desmaye usted ahora, hombre de dios. 
Cogió de nuevo su móvil.
  • Rapazas, teño a iste home esmorecendo e hai que levalo ao seu leito para que pense que todo foi un pesadelo. ¿Estades cargando o material e recollendo a estatua?  Ben, vou para alá a botarvos unha ventosa.
Un segundo más tarde, el Capitán Nemo se envuelve en una nube de tinta negra mientras su ropa  cae al suelo. Ahora es un enorme pulpo color cobre que se escurre ágil por la escotilla recién abierta.

14 junio 2018

Suceden cosas raras cuando el mar te traga

 o
En resumen: me llaman en la madrugada porque han robado la estatua de María Rita de la Plaza de María Rita; me pongo mis alas de Amazon y vuelo sobre el puerto; veo salir un carguero sospechoso a todo trapo; lo alcanzo, y me escondo exhausto bajo su gran toldo; allí  me encuentro con María Rita y me quedo frito; me despierto cerca de las Sisargas y veo una objeto enorme saliendo del mar que succiona el barco; quiero largarme, pero unos matachines armados me rodean...
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Salgo de mi inconsciencia y me despierto sobre una superficie dura. Entreabro los ojos y percibo, en la escasa luz que viene de un techo lejano, que mi cuerpo descansa sobre un suelo metálico de color dorado. Palpo debajo, miro arriba y me sobrecoge la monotonía uniforme del espacio que me rodea. De repente oigo un click detrás de mí y empiezo a escuchar esta canción:
Miro hacia atrás, hay un tipo derrengado sobre la pared del fondo como si estuviera sumido en una borrachera letal. Lleva gorra de capitán, zamarra negra y unos pantalones de pana blancos en los que sobresalen unas botas de agua amarillas. Parece salido de una vieja novela de aventuras. A su lado reposa un radiocasete viejo del que se escapa la música. Cuando acaba, no puedo evitar farfullar un comentario ilustrado:
  • Benedicto, uno de los grandes cantautores gallegos, recién fallecido. Ese es un elepé de 1976. Pola Unión creo que se titulaba. Me gusta varias canciones a pesar del tono panfletario de alguna otras, lo propio del momento. ¿Quién es usted? ¿Qué hace ahí tirado?
  • Perdone que no me levante -me dice con voz exhausta- pero estoy triste, cansado y no me apetece hacer esfuerzos teniendo en cuenta lo que nos espera. Confórmese con saber que me llamo Nemesio Vernes, que soy capitán de la marina mercante y que amigos, amantes, conocidos y enemigos me llaman Capitán Nemo aunque nunca he navegado en un submarino. Ahórrese el chiste fácil, seguro que ya lo he oído antes.
  • Vaya, eso debe joder mucho. 
  • Para nada, tengo otras preocupaciones más acuciantes. ¿Usted es el hombre volador? Me dijeron los pulpos que habían pillado a un hombre volador.
  • ¿Los pulpos? ¿Los tipos que me cogieron se hacen llamar así?
El capitán Nemo se rasca la cabeza por debajo de la gorra, hace una pausa teatral y suelta la estocada.
  • Los tipos que le pillaron no son humanos. Son cefalópodos. Pulpos. De arriba a abajo.
  • No me haga reír con cuentos de marineros y todas esas mierdas.  Hace muchos años que dejé de leer a Verne, su tocayo, a Stevenson o a Salgari
  • Es una pena, quizás le hubiera venido bien tenerlos presentes aquí y ahora. Incluso podría añadir a la lista al bueno de Lovecraft
  • ¿Por quién me toma, capitán? Si es que es capitán.
  • Soy capitán y le tomo por una persona inteligente o lo suficientemente inteligente como para saber cuando no le están engañando. Le tomo por una persona que sabe que los pulpos son seres superiores que le disputan la hegemonía al hombre en sus dominios submarinos.
  • Los tipos que me cogieron no llevaban tentáculos, no se cubrían con pimentón o  con sal gorda. Tampoco iban empapados con aceite de oliva. -le solté con toda mi gracia kaskarilleira y tabernaria.
  • Búrlese si quiere, serán sus últimos momentos de felicidad. ¿Ha oído hablar de la capacidad de mimetismo de los pulpos?
  • Claro. Soy kaskarilleiro de nación y allí tenemos mucha afinidad con ellos.
  • La misma afinidad que los nazis con los judíos. Tanta que creo que nuestros amigos captores han decidido tomara medidas frente a ese pulpicidio constante y terrible. El mimetismo, parecerse a cualquier cosa, es su arma.
  • ¿Pulpos disfrazados de marineros que secuestran a una estatua?
  • Más o menos. Lo de María Rita, es porque al verla en una plaza tan principal pensaron que era una diosa de los humanos. Supongo que pedirán un rescate por ella.
  • Por favor, capitán, déjese de chorradas.
  • No me cree, lo esperaba. Acérquese y mire a través de esta escotilla.
Se levanta, se da la vuelta y abre un pequeño ventanuco redondo en la pared.
Me acerco, miro para afuera y lo que veo me produce tal pánico que me tengo que agarrar a los bordes de aquel mínimo hueco para no caerme.
  • Anímese hombre, todavía no nos han cocido.
Estoy lívido, aturdido, apabullado pero aún entiendo cuando me habla.
  • ¿Que dice?
  • ¿Todavía no se ha dado cuenta? Estamos dentro de una gran olla de cobre y los pulpos nos ven como ingredientes necesarios para su receta. Su receta innovadora y vengativa.
(Capítulo 44 de Kaskarilleira Existencial. Aquí están sus otras historias)

31 mayo 2018

Heroísmo y miedo en las islas


Estamos en Kaskarilleira al filo de la madrugada y yo soy esa mancha móvil que ensucia el cielo nocturno y se mueve hacia su afamada ensenada.
No os precipitéis en admirarme, no se os ocurra soltarme una tabarra lisonjera o una mirada envidiosa. Es una mierda salir de la cama a las tres de la mañana, ponerse unas alas y planear sobre tu ciudad con una humedad del demonio y un frío que te hace rechinar los dientes. Es una mierda que cuatro borrachos a la puerta de un pub te señalen con el dedo o que algún imbécil piense que eres un volante hombre anuncio haciendo horas extras. Es una mierda ir detrás de una mierda de estatua con pretensiones historicistas y con nulo valor artístico. Sí, es una mierda, pero ahora ya estoy a la altura de la Dirección del Puerto donde tuve mi primera aventura aérea (ver entrada) y debo seguir adelante.
En el muelle de enfrente sale un pequeño carguero. Una extraña intuición se abre paso en mi cerebro. Me dirijo hacia el barco. Ya puedo verle algún detalle: hay un toldo oscuro que cubre la cubierta. Mis sospechas crecen, como crece la velocidad del barco cuando se dispone a enfilar el dique. Ya falta poco para que lo haga y estoy exhausto. Caigo como un peso muerto sobre el buque y me arrastro por el toldo hasta esconderme debajo.
Se encienden unas luces en el puente y en la penumbra  resultante puedo ver mi entorno inmediato. Tengo compañía. María Rita está tumbada a mi lado, inmóvil como le corresponde, pero quizás embriagada por tanta autenticidad.
Estoy cansado. Quiero dormir. Me duermo.
Despierto en el frío amanecer. Levanto la lona. Bajo dos luces observo un brumoso horizonte. Tres islas, tres. Las conozco. No tengo cobertura para confirmarlo, pero son Las Sisargas. La Grande, la Chica y la Malante. Como las tres carabelas.  Vamos directos hacia el archipiélago como un rompehielos implacable y sin compasión. Y de repente, en la luz trémula del alba, algo surge de las profundidades del mar como una cuarta isla blanda y ominosa. En poco tiempo alcanza una altura y anchura sorprendente y no sé lo que es. 
¿Un agujero? ¿Una boca? ¿Que es aquello que empieza a abrirse en su superficie mórbida, rugosa y cuarteada? El barco ya tiene destino y no puedo ser el mío. Tengo que salir pitando. Rápido, muy rápido debo salir volando para no ser absorbido por la portentosa atracción generada por la cosa emergente. 
Levanto el toldo, me recoloco la alas y me dirijo sigilosamente a la toldilla de popa para tomar impulso. Avanzo un poco pero no es suficiente, dos figuras enormes me tapan el camino antes de llegar. Al momento, otras dos me cubren por detrás. Marineros rudos, poderosos, sin ganas de coña y con sorprendentes instrumentos de convicción: llevan fusiles de asalto con la forma diabólica de los AK 47.
No tengo argumentos con que rebatirles, me someto a los suyos.
(CONTINUARA)

La ilustración de arriba es de Juan Carlos Arbex.
(Capítulo 43 de Kaskarilleira Existencial. Aquí están sus otras historias)

12 mayo 2018

Vuela sobre Kaskarilleira antes de que amanezca

Eran las tres de la mañana y mi móvil decidió ponerse a cantar por iniciativa propia. El manotazo fue impecable, pero tuve que levantarme de la piltra para hacer recuento de daños tras estrellarlo contra el armario.
El muy cabrón estaba ileso y porfiaba en su canto madrugador y lastimero.
  • Joder, no son horas.¿Diga? 
  • Fiz, te necesitamos. Ven  a la Plaza de María Rita, ya. 
Reconocí a mi interlocutora. Mi cuerpo se alargo instintivamente y mis tobillos se tocaron en genuina posición de firmes. Soy un tipo rebelde pero reconozco alguna forma de autoridad.  Aquella voz femenina la tenía y la persona que estaba detrás también. Colgué el teléfono, me vestí rápido y salí cagando leches hacia la plaza mayor de Kaskarilleira por esa vía oscura, alargada y de mala fama donde suelen reposar mis huesos. Bajé a la vieja calle comercial en decadencia, pasé por delante de una afamada calle de vinos extrañamente silenciosa a aquella hora, contemplé algunas luces al atravesar el mercado y llegué a la plaza.
La Plaza de María Rita, sin María Rita. Un pedestal vacío y un grupo de gente alrededor. Mi interlocutora rodeada por un buen grupo de uniformados, más otro civil.
  • Fiz, ya era hora de que llegaras. Como ves han robado la estatua de María Rita. Tienes que ayudarnos
  • Pues no sé si nos han hecho un favor. Era una antigualla antes de pretender pasar por antigua.  
  • A mí tampoco me gusta pero es un símbolo y ya sabes que los kaskarilleiros se toman muy a pecho sus símbolos.
Me acompañó unos metros por el centro de la plaza y me dijo casi al oído fuera del alcance del resto.
  •  A ver, sabemos que te has comprado unas alas en Amazon (ver entrada). Sabemos que por error te enviaron un protipo con poderes de superhéroe y que por ello no las quieres devolver y también sabemos que tú algunas noches vuelas por Kaskarilleira como aquel angel postmoderno  volaba sobre Berlín en la película de Wenders. Pues bien, queremos que te subas a tus alitas y te des un garbeo por la ciudad antes de que amanezca, por si anduviera por ahí o te enteras de algo.
  • No estoy en la lista Forbes como quién sabemos, ni soy un dron. ¿Pretendes que  trabaje por la cara?
Me miró con ojos sorprendidos.
  •  Tú eres de los nuestros.
  • Ya, ya pero...
  • ¿Quieres que el Partido Putrefacto, la vieja casta y La Hoz de la Malicia nos ponga a caer de un burro?
  • Eso ya lo hacen siempre, son compinches en el tema de las subvenciones y las mentiras. 
  • Razón de más para no darles argumentos. 
  • ¿Y si ellos son los que...?
  • Vuela y compruébalo. Hazlo ya, antes de que amanezca. ¿Trajiste las alas?
  • Sí, las llevo en la mochila
  • Pues vete hasta el mercado y súbete hasta el tejado de la vidriera de arriba. Desde allí podrás despegar.
 Mi cuerpo se alargo instintivamente y mis tobillos se tocaron en genuina posición de firmes. Sí, soy un tipo rebelde pero reconozco alguna forma de autoridad... y de miedo.

 (CONTINUARÁ)
(Capítulo 42 de Kaskarilleira Existencial. Aquí están sus otras historias)

30 abril 2018

La belleza en la Bestia

(Hoy, 30 de abril, es el Día Internacional del Jazz)  

El Ángel del Jazz es un tipo imprevisible, caprichoso y amante del riesgo.
Aquel día, mientras contemplaba desde su alta atalaya las vicisitudes de la gente que pululaba por el pentagrama de la vida, se fijó en un joven rudo, corpulento y con penetrante mirada de sapo. Sabía que aquel muchacho había estudiado violín de niño y hacía sus pinitos tocando  el piano en tugurios donde proyectaban películas mudas. No, aquel humano no era precisamente un corderito y el ángel sabía que  tenía cierta afición a las peleas cuando bebía alguna copa de más tras alguna noche de trabajo o de farra.
A aquel ser alado se le ocurrió una idea y con angélica celeridad decidió llevarla a la práctica.  En un segundo, como celestial semifusa, le lanzó al chico un compás 4/4  envuelto en un sexo tenor. El muchacho, que volvía a casa en plena amanecida, notó el impacto sobre su cabeza y encolerizado intento liberarse de aquella rígida red que le había atacado. Era demasiado espesa y miró al suelo con desesperación. Allí estaba el saxo intacto, un instrumento que apenas conocía excepto cuando se lo había visto tocar de forma mágica a un convecino suyo nacido en San Luis al que llamaban Hawk o Bean. Lo cogió, lo sopesó en sus manos y en un impulso espontaneo se puso a tocar.

Tras terminar, miró con suficiencia a su opresor asomado tras un nube cercana y con su voz más feroz le espetó:
  • ¿Qué carajo quieres de mí, ángel?
  • Tranquilo, lo haces muy bien y por lo tanto he decidido otorgarte un don que contradiga esa pinta de tío duro de la que tanto presumes. Sé que eres lo suficientemente listo como para sacarle partido.
  • ¿Qué es ello? Dímelo rápido que voy a pillar una tortícolis de mirar hacia arriba y además quiero irme al catre que estoy agotado.
  • Pues bien, deseo otorgarte el don de poder tocar con ese saxo las más bellas baladas, los temas más estremecedores, la música más aterciopelada que pueda escucharse en parte alguna.
Ben Webster, al que apodaban La Bestia, se quedo parado y por un segundo, sólo por un segundo, cambió el gesto adusto dejando que un amago de mirada tierna se asomara a sus ojos afilados. Pronto se rehizo, adoptó un tono arrogante, hinchó el pecho y soltó con orgullo chulesco:
  • No hay problema, soy de Kansas City. Nosotros podemos con todo y tocamos cualquier cosa.

(Ésta es una vieja entrada retocada de Sinfonía Azul, mi otro blog)
(En la caricatura que la encabeza, está uno de los naipes de la baraja de los grandes del jazz de mi gran amigo Kuto. Aquí tenéis un enlace)