29 mayo 2020

Reciclando los malos humores de los seres superiores

  •  ¿Es el shamado Centro de Reciclaje de Malos Humores? Póngame con el capo que sheva el asunto. 
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  • No, usted no me vale, boludo. Sho no trato con el inframundo lacasho. Necesito a alguien de altura, de mi altura.
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  • Cabashero, no me haga sonreír. Se me conoce bien en todas partes y no es momento de identificarme ante un mucamo iletrado. Rápido, shame a ese chabón y que se venga para acá.
 ¿Viste? resulta perturbador que una dama de alcurnia como yo, tenga que esperar al esbirro burocrático de turno para poder preguntarle como funciona ese nuevo organismo que ha montado el letal gobierno forajido para reciclar la mala hostia ciudadana y según dicen, producir energía renovable. Otro chiringuito más con el dinero de todos. Sinvergüenzas. Menudo quilombo. Así va el país. Lo que son capaces de hacer, para no asumir sus responsabilidades. Pero bueno, habrá que conseguir información para poder soltar mis soflamas cuando hasha ocasión. Por algo, siendo un espíritu renacentista, también soy periodista. "Comprometida con la sociedad y con potencial para contribuir a forjar el futuro del mundo" o así dijeron los que me premiaron.
  •  ¿Es usted el mandamás? En primer lugar debo decirle que son ustedes, unos indecentes ¿le parece normal que me pongan una diabólica música heavy mientras espero
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  • ¿De Slayer? ¿Y qué me importa a mí si es de Slayer o de Slayor? ¿No les shega con querer amansarnos  con cursilerías en  sus anuncios a través de las pantallas de la telemanipulación del régimen? ¿Ahora también nos quieren poner música de macarras para estimular nuestra mala leshe?
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  • Sha, sha sé que no solo reciclan mala leshe y además no quiero entregarles la mía que es de abolengo. Tampoco les voy a entregar mi mala bilis; ni mi mala sangre, la roja me sobra; ni mi mala hostia, que no soy cura. Solo mi mala baba.  Tengo 30 barriles que he ido almacenando día a día desde que empezó lo del Covid-19.
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  •  Pues unos 50 litros por barril  más o menos y que conste, que los pongo a su disposición, a pesar de mi adversión a esas lindezas, para demostrarles que la gente de bien también puede ser solidaria. 
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  • No me lo agradezcan tan pronto, quiero que me la paguen con mucha guita. A tocateja y sin descuento, que son capaces de venirme con que les haga una rebaja por ser los causantes de mi disgusto y por tanto, de mi abundante producción babosa.
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  • Sí, no lo voy a negar, también me quiero desprender de ellas porque ocupan mucho espacio y casi ni puedo andar por mi casa. Aunque es señorial, la tengo petada con armatostes antiguos que me legaron mis linajudos antepasados y no es cuestión de tenerlo todo patas arriba por culpa de unos bidones de plástico. Pero no sé confunda, eh, no soy una ecologista lechuguina.
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  • ¿Pruebas de PCR a mis barriles para comprobar que no hasha infección? Pero bueno, hasta ahí podíamos shegar. Mi mala baba, es baba nobiliaria, baba Gran Reserva.  Si mi baba fuese vino, solo la encontrarían en lujosas tiendas gourmet de lugares exclusivos.
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  • ¿Pero cómo puede decir eso? Es puro producto nacional aunque sho haya nacido fuera. Pasaría la prueba del algodón de Alfredo, mi meticuloso mashordomo y la limpieza de sangre de la Santa Inquisición. Inmune a contagios y a mestizajes. Mi baba es mala baba patriótica y de cristiana vieja. Es baba de gran dama criosha y de vetusto barbudo colonizador. Una mala baba como Dios manda y demanda. La que nos dio prestigio y poderío en todo el orbe cristiano e incluso en tierra de gentiles y herejes. No se lo digo, pobre gato, para presumir de mi licenciatura en historia por Oksfodd, donde obviamente usted no valdría ni para pasar el cepillo al bombín del portero de mi colech.
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  • No, no y no, si ponen condiciones sanitarias  no hay trato, papafrita. 
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  • No cedo. Quédese con su reciclaje, gusano asalariado a sueldo de algún ente opresor de sospechosa procedencia. Si es necesario, fíjese bien lo que le digo, si es necesario emularé a los viejos héroes de nuestra historia patria y me comeré mi propia baba al servicio de Esp...
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14 mayo 2020

Encuentros sin humanos en la decimotercera fase


Los alienígenas desconocían que habían aterrizado en aquel ruinoso paisaje del planeta azul a las cuatro y doce minutos de la tarde. Tampoco lo sabían las ratas que fueron a su encuentro, un poco curiosas por el juego de luces de las tres naves y otro poco por el sonido novedoso de sus motores.
A las cuatro y veintisiete minutos, se abrió una compuerta redonda y salieron tres figuras. En términos humanos podríamos identificarlos como el comandante de la nave, el jefe militar y el director científico, especializado en cuestiones exoplanetarias. En términos humanos, se hacía muy difícil distinguir a cada uno de ellos por la similitud de sus uniformes y la extravagancia física de sus portadores.
La cuestión es que salieron los tres: el primero cauteloso; el segundo apuntando a todas partes con un extraño armatoste que debería ser un arma poderosa y el tercero hablando, o al menos lo parecía, desde un mínimo agujero en el lateral izquierdo de la esfera pequeña de la parte superior de su cuerpo.
En términos humanos la conversación sería la siguiente:
  • Estoy sorprendido, muy sorprendido. Esperaba otro recibimiento. ¿Dónde están los humanos?
  • ¿Sigue insistiendo con eso de los humanos, doctor? Nuestros geodetectores solo han encontrado esos cuadrúpedos rabilargos que están agrupados ahí enfrente, mirándonos.
  • También hay cucarachas, comandante, una raza de insectos casi indestructible y microorganismos, invisibles a simple vista para nosotros.
  • Lo que usted diga, pero los humanos de los que tanto habla, deben de haber desaparecido por completo.
  • Quizás esos microorganismos tengan la culpa, son muy letales.
  • ¿Quiere decirme qu esa fabulosa y rica civilización humana de la que usted sabe tanto y que ha dejado restos por todo este planeta, ha desaparecido por culpa de unos seres minúsculos? 
  • Podría ser, cabe esa posibilidad. Podríamos preguntarle a esos animales que tenemos delante. Siendo ratas puedo activar mi traductor al lenguaje roedor.
  • Señoras, por favor, disculpen la molestia, pero es que queríamos encontrarnos con algún humano y no vemos ni hemos detectado ninguno en el planeta
  • ¡Hiiiic!
  • ¿Cómo? 
  • ¡Hiiiic!
  • Vaya me ha fallado el traductor. Dígame.
  • Le digo, que los bichos pequeños nos han librado de ellos, que estamos muy bien sin ellos pero que gracias a ellos nos estamos dando un gran festín. Sucios eran un rato pero al menos dejaron el planeta para que disfrutara toda rata. Hi hi hi
  • Lo siento, doctor, otra civilización supuestamente superior que se ha ido al carajo. ¿Quiere que seguimos aquí o que emprendamos el vuelo?
  • Vayámonos, no soy feliz contemplando decadencias.
  • Jefe militar, proceda a destruir esos restos.
  • Nooo, déjelos comandante, el ciclo biológico debe seguir su curso. Las ratas, las cucarachas y los microorganismos de hoy pueden derivar en los seres inteligentes del mañana. Para entonces mejor que sepan que tuvieron unos antepasados que al pasarse de listos, la cagar... 
El ruido  de la nave ascendiendo por los aires del planeta azul a una velocidad inconmensurable no dejó escuchar el final de la última frase. La última frase en términos humanos, claro.

30 abril 2020

Desconfinado, anaranjado y rigurosamente vigilado

El tipo que salió del confinamiento era un perplejo manojo de pelos, miedos y deseos aplazados.  En su mano, la pantalla del móvil se había convertido en un pasaporte de identidad naranja, lo cual no era una buena noticia. A los de su condición, en un temprano fake o quizás en un esbozo de norma abortada por las autoridades, les llamaban Elementos de Limitada Utilidad Social (ELUS). Los ELUS  eran uno de los supuestos cuatro grupos en las que habían dividido a la población, gracias a una aplicación  de uso obligatorio en el smartphone que tenía el loable propósito de rastrear a la gente, dividirla en grupos y evitar la expansión de la pandemia. Era una aplicación sumamente poderosa, con un sistema de geolocalización que emitía señales de alarma si el usuario pretendía apagarla.

El grupo de identidad verde incluía a individuos que demostraran a través de algoritmos corregidos, tener una irreprochable salud física y mental  así como hábitos positivos que garantizasen un futuro halagüeño y poco costoso para el sistema sanitario. También incluía a  otras personas que sin llegar a tan altos parámetros fuesen valiosas en el ámbito de la sanidad, la educación o la gestión pública. En las primeras informaciones fueron calificados como Elementos de Prioritaria Utilidad Social (EPUS) y les estaba permitido actividades libres en cualquier entorno aunque apartados de las otras categorías.

En el grupo azul estaba el personal de servicio: los que limpiaban quirófonos o tanatorios, las personas que atendían las cajas registradoras, transportistas, repartidores, soldados, policías sin rango y demás personal invisibilizado antes y después de la pandemia y aplaudido en el apogeo de ella. Eran los que antes  de la piadosa modificación fueron denominados Elementos de Considerable Utilidad Social (ECUS). Para ellos se habían dispuesto un espacio delimitado de 800 metros alrededor de sus puestos de trabajo, fuese fijo o móvil, en horas laborables y 3 kilometro alrededor de su domicilio siempre que se respetasen la separación de grupos.

En el tercer grupo, con pasaporte rojo, estaban los vulnerables y dependientes de cualquier condición que exigían cuidados especiales fuera de los centros sanitarios, por eso se les bautizó primariamente como Elementos Amparados por la  Utilidad Social (EAUS). Se habilitaron  antiguos espacios fijos y nuevos recintos en residencias, hoteles, centros educativos y pabellones deportivos a donde fueron trasladados según su tipo de afección. Las ONG's lamentaban el hacinamiento y la deshumanización en aquellos ambientes para la que recaudaron firmas pero no consiguieron mejoras.

Quedaban los naranjas. El resto.  Con una posición subalterna y circunstancial. Desde su intangibilidad no contaban con ninguna organización benéfica que les apoyase, por lo tanto eran carne de cañón para grupos ultra que hacían uso de su desatención mediática para insuflarles odio de clase, no tanto hacia los sectores privilegiados como hacia los protegidos del sistema. Cierto es que los naranjas siempre habían hecho mucho ruido en los bares y que Internet les ofrecía plataformas para demostrar su descontento;  pero no se sentían satisfechos, el malestar era parte  consustancial de su ser, una forma de vida y de rebelarse frente al mundo.

El tipo que salió del confinamiento no era un modélico naranja cabreado. No era de esos que especula de todo, un todólogo. Cuando hablaba no se ponía intenso,  ni hinchaba el pecho,  prolongando los silencios, para luego soltar cuatro frases tópicas y socorridas como si fuesen de un ingenio descomunal. Cuando escribía, evitaba los excesos de la contundencia y procuraba matizar sus argumentos escapando de las fáciles y tranquilizantes dualidades que te permiten caminar placidamente arropado por tu propia camarilla. No era un activista vehemente, ni un gurú visionario, ni  un cuñado viscoso. No tenía un tropel de amigos en Facebook de los que estar pendiente, ni un tropel de amigos poniendo un "me gusta" a sus entradas en el Facebook. Tenía cierto contacto con VIPs pero estos apenas le conocían de vista, estaba para hacer bulto y los bultos siempre son renovables.
El tipo que salió del confinamiento sabía que más allá del portal sería un producto consumible, desechable y vigilado en la nueva sociedad  estamental. No era para echarse a reír,  pero se sentía renovado y casi divertido de tener algo tan poderoso contra lo que luchar.

16 abril 2020

Yo me quedo en mi propio yo

 Nunca escogiste vivir en el plano teórico pero fue lo que te enseñaron desde muy pequeño. Teorías, principios, conceptos, definiciones, etiquetas, teoremas. Fórmulas magistrales que te sirvieron para fabricar el castillo de tu identidad.
Terminaste por comprender que la realidad era una falacia engañosa e intrincada si no era capaz de superar unos mínimos controles de calidad. Antes había que limpiarla de excrecencias. Liberarla de excepciones. Reconducirla por el camino recto evitando innecesarios rodeos y esas espesuras farragosas que no llevan a ninguna parte y solo generan confusión e incertidumbre. 
La realidad debe ser recta, cabal y luminosa. Como una luz en medio de las nieblas o una autopista que abriese el Amazonas como un puñal.
De esa manera construiste tu mundo, claro y preciso. Sabiendo en todo momento cual camino escoger. Trazando líneas maestras para separar divergencias. Los nuestros a un lado, los contrarios al otro. Yo aquí, en el centro de mi propio castillo personal, y vosotros allá ocupando círculos concéntricos y progresivamente más alejados
Te fue bien, nunca engañaste a nadie. Aunque tus detractores te acusaran de falta de flexibilidad.  ¿Falta de flexibilidad por cumplir con tus principios y axiomas?
No había sido suficiente, habías construido un precario castillo de arena y la epidemia lo ha chafado. Maldita epidemia. Maldita la vida siempre tan imprevisible.
Deberás construirlo de nuevo solo para ti mismo y sin la presencia obscena de los demás. A salvo de cualquier contingencia. 

Podrás recrearte mientras perfilas las almenas, allanas el adarve y haces un bonito foso para que no te invadan las alimañas dañinas. Allí dentro, serás feliz y estarás a salvo de cualquier riesgo. Nadie te conocerá. Nadie contemplará la majestuosidad de tu torre de homenaje ni la austera elegancia de tu patio de armas. 
No importa. 
Podras diseñar cada detalle con mimo y será más fuerte, más sólido, más hermoso. Disfrutarás con él y en él, sin temer a interrupciones, conflictos y contagios. 
Los castillos de los demás acabarán recalentados por el sol. Ablandados por el agua. Pisoteados por la gente. No están seguros en la intemperie. Nadie está seguro ahí fuera. Mejor no corras riesgos.  
Tienes que expresarlo de forma rotunda y repetirlo sin cesar: yo me quedo en mi propio yo. Encerrado allí dentro, disfrutarás de tu obra. Tu obra definitiva.
A cubierto.

29 marzo 2020

Sin señales humanas visibles

Son tiempos duros y ya se sabe que en tiempos duros necesitamos héroes salvadores que nos permitan mantener la esperanza, aunque se trate de viejos oligarcas santificados por su dinero y no por sus obras benéficas ...siempre desgravables.
(Fue publicada el 22/2/2016 y la reeditó hoy, 29/03/2020, manteniéndola tal cual y sabiendo que la moda ya no es lo que era)


Centro Comercial La Sardina Astifina. 18,30 horas.
Boutique de Cons: Moda hombre
Tercer probador a mano derecha.


Carlos Rosendo Moreno Muñoz, más conocido como Carlo por sus muchos amigos y sus pocas aunque entrañables amigas, se prueba un jersey color amarillo buttercup, con cuello en U de viscosa y algodón estriados.
Va a dar el cante. Está seguro que va a dar el cante esa noche de viernes, se dice, mientras gira bailando sobre si mismo alrededor del espejo y mueve los hombros al tararear el Work Bitch de Britney Spears.
De repente, oye un aplauso y se para. Mira hacia el lado de la cortina pero permanece cerrada. Mira arriba, a la pared de la derecha y duda si enfrentarse a lo que imagina que tiene delante.
Cuando lo hace, el espejo que le refleja, también refleja en su jersey de viscosa y algodón, la imagen de una niña, quizás una chica -es dificil saberlo por sus rasgos orientales- que le sonríe abiertamente mientras palmotea con sus manos.
Carlos Rosendo Moreno Muñoz, más conocido como Carlo, está desconcertado y tras contemplar la imagen del espejo, mira hacia abajo, hacia su propio cuerpo, hacia su jersey color amarillo buttercup que será tendencia de moda en la ya próxima primavera. Está sorprendido, su jersey sigue siendo un jersey de viscosa y algodón y no tiene señales humanas visibles.
  • Hola. Hello.
Ha escuchado con estremecimiento y ahora, otra vez, mira asustado al frente. La chica oriental,  tras una atestada mesa de trabajo. le saluda con la mano alzada y una sonrisa muy dulce en la boca.
  • Hoola. ¿Cómo estás? ¿ Tú de España? Yo trabajar mucho tiempo  para señores de España in the factory y poder hablar poquito español.
Carlos Rosendo Moreno Muñoz, más conocido como Carlo, está punto de soltar un alarido. Se quita el jersey color amarillo Buttercup, con cuello en U de viscosa y algodón estriados y abandona la cabina.
Cuando pasa junto a Ruth, su amiga dependienta, le lanza el jersey encima del mostrador.
  • ¿No te gusta, Carlo? Lo escogí pensando en como arrasarías con él en la fiesta de esta noche. ¡Es tan original!
  •  ¿Original? ¿Qué tiene de original compartir mi condición de fashion victim con otras víctimas de la moda que ni siquiera saben que lo son?

08 marzo 2020

Nadie nos dijo que éramos quebradizos

Nos creíamos a salvo de cualquier zozobra en nuestras confortables torres de cristal. Todo parecía fácil, asequible, cercano a la felicidad. En cada torre habitábamos solo aquellos que habíamos merecido vivir allí. Éramos personas programadas para convivir gracias a un complejo sistema de algoritmos establecidos por los grandes consorcios informáticos. Al contrario de lo habitual en los programas de telerrealidad, no fuimos elegidos para la confrontación. Dentro de cada torre solo nos relacionábamos con afines según el perfil dibujado por nuestro baremo de actividad en Internet y después de pasar por pruebas físicas y psicotécnicas que lo confirmaban. No había disputas, no había enfrentamientos insalvables, ni siquiera añorábamos a nuestras familias naturales de las que ignorábamos su suerte. Todo parecía ideal e incuestionable y más cuando nos contaban el caos y la miseria que soportaban los inadaptados que vivían a ras de suelo.
"Pobres diablos" comentábamos en voz alta y en tono condescendiente para disimular nuestra falta de compasión. En realidad, muchos se sentían mejor imaginando el declive estrepitoso de los de abajo. El mal ajeno es un estímulo culpable pero satisfactorio para los seres ensimismados en su propio bienestar.
Nuestros sentimientos de superioridad venían reforzados por el tipo de ocio cultural que nos estaba permitido. Se había proscrito la ficción no virtuosa. La narrativa y la cultura audiovisual debían ser constructivas y sometidas a estrictos criterios morales. Los ensayos librescos, con los que nos atosigaban día y noche, debían ser aleccionadores y edificantes. La bondad debía de ser premiada, la maldad castigada sin tregua. Finalmente,  en caso de duda, había que recurrir a la autoayuda o a sesiones de autoafirmación impartidas por programadores terapéuticos especializados. 
Ya no importaba de que lugar venías, ni quien eras, ni el grupo social del que procedías, ni si eras hombre o mujer, blanco o de color, honrado o humillado, explotador o explotado. La búsqueda narcisista de la felicidad era el alfa y el omega de todo lo que constituía nuestra existencia en nuestro confortable cobijo. A salvo de extraños.
Así estaban las cosas cuando nos infectó el virus...



y rompimos las paredes de las probetas.

22 febrero 2020

Dios está aburrido

Una vez más el dios único estaba aburrido, algo habitual desde que había cambiado de religión y abandonado el politeísmo. Es verdad que no debería quejarse, había alcanzado un estatus realmente envidiable, hasta el punto de tener que afrontar un ridículo intento de golpe de Estado antiabsolutista por una parte de la servidumbre angélica. Tras la victoria inapelable, tuvo que enviar a la disidencia al descielo y ahora estaban currando allá abajo, en el ardiente cuarto de las calderas.
El dios único era autocrítico,  se lo había buscado, había degradado a sus haters insumisos y se había marchado del grupo familiar de dioses del WhatsApp harto del cotilleo incesante sobre el espectáculo insensato, lujurioso y excéntrico de sus parientes del Olimpo. La verdad es que casi prefería a las deidades egipcias, hindúes o amerindias aunque por ser tan complicadas, retorcidas y extravagantes le daban algo de miedo. Con ellas siendo extrañas, es mejor mantener las distancias.
Le quedaban sus asesores, pero uno ya sabe de que sirven los asesores cuando hay un macho o una hembra alfa en el cotarro. Además cada vez que los llamaba tenía que consultar el listado de jerarquías para no confundirse y evitar una nueva subordinación de los agraviados. Nueve clases de ángeles, desde los serafines hasta los ángeles rasos, una barbaridad. Menos mal  que le dejaron a Gabriel, un simple arcangel, como consejero aúlico de cabecera.
  • No te puedes imaginar lo que es esto, Gaby.
  • Los humanos le llaman la soledad del poder- contestó el solícito asesor, experto en asuntos mundológicos. 
  •  ¡Qué sabrán ellos de la soledad del poder! Para soledad la mía. Cuando lo sabes todo y conoces lo que va a pasar hasta en el último rincón del universo. Cuando nada ni nadie te va a sorprender. Cuando el tiempo y el espacio son conceptos sin sentido. Es mucho, Gaby, créeme, Tú por lo menos tienes a los humanos y te diviertes participando en sus nimios asuntos. 
  • Entre ellos está de moda un videojuego que se llama Los Sims, que simula la vida humana. Quizás usted podría echar una partida con humanos de verdad para divertirse un rato. Yo le podría enseñar a hacer triquiñuelas con su destino.
  • Tú ya sabes que no me gusta meterme mucho en sus cosas, que luego se matan  por mí, sin que yo se lo haya pedido.
  • Usan su nombre en vano, Jefe,  aunque le llamen de mil formas. Para ellos usted es solo una excusa para sus tropelías.
  • ¿Qué podemos esperar de esa gente, Gabriel, si ni siquiera respetan el primer Mandamiento del convenio que hice con Moisés?
  • Eso si que no lo logro entender, los Community Manager de la Biblia son magníficos transmisores. 
  •  Soy un dios absoluto y como no hay división de poderes, no puedo denunciar por difamación a unos insignificantes mortales sin que me acusen de autoritarismo.
  • Jefe, van a morir,  rendirán cuentas entonces.
  • Pero si no creen en nada, Gabriel, todo es un puro paripé y menuda pandilla de intermediarios tengo, esos que dicen ser mis representantes entre los hombres.
  • Usted no los eligió, Jefe, se atribuyen una representación que no les corresponde. Las iglesias, papas, patriarcas, ayatolás, muftis, rabinos y el resto de la parafernalia religiosa no tienen nada que ver con nosotros. No responden a la realidad.
  • ¿La realidad, Gaby? La realidad no existe. ¿Somos nosotros reales o somos el producto de algún creador desconocido? ¿Y si ésto no fuera más que un texto chorras de un tipo cualquiera, intentando hacerse el ingenioso cuando comienza el Fin de Semana de Carnaval?