15 noviembre 2019

Ocho Neanderthales en el contenedor de basura

  • ¿Usted es Fiz Arou, detective privado en Kaskarilleira?
  • Sí, señor juez.
  • ¿Y al parecer dispone de un contenedor de basura con unas características muy especiales.
  • Sí, señor juez, el contenedor me permite trasladarme a cualquier punto del espacio/tiempo.
  • Un arma muy poderosa por lo que veo ¿Cómo funciona?
  • Pues dirigiéndome a la pantalla por el asistente de voz, dándole una fecha o un lugar y si no dispongo de esos datos, colocando un objeto en el escáner que le acompaña.
  • ¿Entonces  si coloca un objeto en el escáner, consigue que el contenedor se ponga en modo sabueso y le lleve directamente al lugar y al tiempo de donde procede?
  • Correcto, señor juez.
  • ¿Y por eso robó una mandíbula de neanderthal en el Museo de Antropología?
  • Sí señor, era imprescindible hacerlo si quería localizar en el pasado a los últimos de su especie. Esa mandíbula representa a los neanderthales de datación más moderna.
  • ¿Por qué un detective como usted dedicado a temas más profanos se arriesgó a rescatar a una raza humanoide extinguida hace tanto tiempo? 
  • La verdad es que quedé muy impresionado tras ver un documental en Canal de Historia. Si ya es raro que hagan un programa sin hablar de Hitler o la Segunda Guerra Mundial, imagínese cuando vi uno en  que se contaba la triste suerte de esa pobre gente ninguneada por los sapiens. Lo que hicieron nuestros antepasados no tiene nombre.
  • ¿Y para solucionar la cosa, se montó en el contenedor con su mandíbula, se fue 35.000 años atrás, localizó una familia de neanderthales en el Peñón de Gibraltar  y se las trajo al siglo XXI?
  • Sí, básicamente fue así, aunque en realidad solo me remonté 32.513 años. 
  • ¿Y le fue fácil convencerlos de que se subieran al contenedor?
  • Use una vieja táctica del cuento de los Hermanos Grimm.
  • Explíquese
  • Ya sabe lo del flautista de Hamelín cuando atrajo a los niños. Como no toco ningún instrumento, llevé unos altavoces los coloqué a la entrada del contenedor y con la tablet les puse este tema de Mancini que creí que me podría ayudar en mis propósitos. Es de Hatari! una película de Howard Hawks muy bonita.
  • ¿No le parece que es una falta de respeto tratar a nuestros ancestros como si fueran elefantes?
  • El fin justifica los medios, señor juez. Eran los últimos ejemplares de esa especie y merecía la pena el descaro. No hubo dificultades, entraron los 8 neanderthales por un portillo lateral y pronto se durmieron. Estaba preparado todo con sumo cuidado y los gases anestésicos eran muy poderosos. Desde la cabina dirigí toda la maniobra.
  • Es sorprendente la capacidad que tiene ese contenedor de basura transtemporal, admiro su ingenio.
  • Gracias, señor juez, soy hombre de recursos. Por eso había estudiado un abanico de posibilidades para darles un futuro a mis chicos al llegar al siglo XXI. Vivo en un piso destartalado en la calle del Ozán, cerca de la playa y no hay sitio ni pasta para tanta familia.
  • ¿Había varias opciones, entonces?
  • Sí, primero pensé en llevarles a una concentración de moteros heavies al norte de Kaskarilleira, pero era muy caro comprar 8 motos, 8 trajes de cuero, 8 cascos y encima siendo tan rudos enseñarles a conducir esos aparatos con la pericia de unos Ángeles del Infierno. Otra opción era llevarlos a un festival de música celta, por eso de que los celtas eran también prehistóricos, pero temimos que siendo los actuales muy sapiens y algo hippies, nuestros chicos se liasen a mamporrazos tras fumarse el primer canuto. Solo nos quedaba una tercera opción.
  • Por la que usted está aquí como imputado.
  • Sí, era la más previsible pero me costó decidirme. Incluso les visité por si tenían reparos en que gente no habitual fuese al mitin. Me preguntaron si eran españoles, les dije que más que nadie. Me preguntaron si no serían infiltrados de la dictadura progre y les garanticé que eran genuinamente cavernícolas. Para convencerlos del todo, les aseguré que tenían cierta curiosa semejanza con su líder invicto. Me dieron el "Ok", mejor dicho, me dijeron "Chócala" y salí contento.
  • Y cuando fueron, se armó la marimorena.
  • Un descontrol, se me fue de las manos. Cuando llegaron al mitin, los allí presentes viendo a unos tipos tan raros pensaron que eran inmigrantes africanos disfrazados de Picapiedra que venían a boicotear el acto. Empezaron a chillar llamándoles "extranjeros de mierda y perroflautas" y ellos viendo la hostilidad general, porque son arcaicos pero no tontos, empezaron a repartir estopa. El gigantón salió de la carpa a ritmo de marcha en retirada, al pijo se le pusieron los pelos de la barba y la cabeza como escarpias que hasta parecía un erizo y escapó en cuclillas, su mujer, al menos, sacó un crucifijo apuntando a los neanderthales por si eran espíritus del Maligno, luego le dio un vahído y se desvaneció muy digna. 
  • ¿Y el líder?
  • El líder se escondió detrás de la mesa presidencial y viendo que por su parecido podrían ser unas parientes desconocidos de visita,  les ofreció su mano cordial. Lamentablemente los chicos no entendieron ese gesto amistoso y salió malparado.
  • ¿Y usted, Fiz  Arou, que estaba haciendo en ese momento?
  • Yo en mi esquina pensaba, que si reverencias demasiado el pasado, éste puede revolverse y darte un trompazo. 

(Capítulo 51 de Kaskarilleira Existencial. Aquí están sus otras historias)

28 octubre 2019

Noche sin Caudillo en el Valle de los Caídos

El confesor se despertó de pronto en el cubículo oscuro. La Basílica estaba en silencio, al menos ya no se oía el eco de los escasos paseantes que se aventuraban en el Valle de los Caídos ahora que el Caudillo reposaba en Mingorrubio.
Una vez más, repitió el mantra tranquilizador.
  • ¡Profanación!
Luego se recolocó la estola sobre los hombros y extrajo el móvil de debajo del alba y la sotana.
¡¡Cristo bendito, las 8:37!! Se había quedado dormido durante casi dos horas. Nadie se había acercado ese día a hacer arqueo de sus pecados en su confesionario. Nadie se acercaría en cualquier otro día, pero él seguiría en su puesto, haciendo guardia bajo los luceros e impasible el ademán.
Se sonrió recordando el himno de la Falange e inmediatamente se puso tenso. En  aquel lluvioso día de semana del mes de octubre se había dejado vencer por la dulce benevolencia del sueño y aquel osario inhóspito, frío y despiadado había pasado a ser un pequeño islote soleado, caliente y familiar. Dios mío, incluso pasaron por aquel espacio seres de venenosa sensualidad pecaminosa. Se santiguó apresurado y decidió que esa noche apretaría un poco más el cinturón de su cilicio.
Salió del confesionario y se aventuró por la inmensa nave desierta y penumbrosa, iluminada arriba por las luces del triforio. De repente, oyó voces. No, no podían ser sus hermanos monjes, había pasado la hora de Vísperas y deberían estar cenando en el refectorio. Por su parte, los escasos vigilantes estarían jugando la partida en el cuarto de control y hasta las 10 no iniciarían la ronda.
Las voces venían de la entrada pero hasta los más furibundos franquistas ya habrían abandonado la explanada siendo ya de noche.
Eran voces extrañas, demasiado opacas en aquel recinto. Voces acompañadas de un horripilante retumbar metálico.
Aceleró el paso. Llegó al vestíbulo, vio unas masas borrosas moviéndose en la penumbra y haciendo entrechocar algo que provocaba un ruido descomunal. Sacó muy nervioso el manojo de llaves y logró abrir la reja temblando.
No, no podía ser. Las dos hornacinas laterales estaban vacías y por lo tanto aquellas figuras ciclópeas solo podían ser los ángeles custodios que las ocupaban, que las deberían ocupar si el mundo tuviera sentido.
  • Traidor, no permitiré que abandones tu puesto.
  • Déjame, quiero dar un paseo por la Basílica, estoy entumecido después de tantos años en este asqueroso nicho.
El primero se había puesto delante de la verja, espada en ristre, y acometía al segundo que porfiaba por entrar.  Este lanzó un golpe hacia abajo con su mandoble de bronce y el estruendo fue tan espantoso que el confesor se dio la vuelta subió un buen tramo de la reja y se quedó allí, agarrado y asustado. Las dos figuras bajaron sus espadas y se acometieron verbalmente.
  • Sabes que no puede ser, nuestra función es seguir de guardia y al pie del cañón, ya que con restos de cañones fuimos construidos.
  • Venga ya, no tenemos a nadie a quien proteger. Se han largado con los restos del viejo y según nos había contado él mismo, este era su mausoleo.
  • ¿Si es su mausoleo particular porque nos llegan desde dentro tantas voces tristes cada noche?
  • Quizás fuera un hombre de mucho poder y lo hayan enterrado con todos sus esclavos y parientes. En algún lugar antiguo lo hacían así. Debemos de enterarnos de lo que pasa ahí dentro.
  • Sabes que no me gustaban esos aires que se gastaba cuando venía a pasarnos revista porque decía que nos veía muy marciales, pero somos estatuas y debemos seguir donde nos pusieron.
  • Era un tipo bajito e insignificante y quiero conocer el secreto de su poder. Debemos entrar y conocer a la gente que debe tener ahí dentro tan subyugada, que nunca han venido a visitarnos.
  • Señores, disculpen, soy el confesor de la Basílica y no quiero entrometerme en sus asuntos, pero el Generalísimo se merece un respeto.
Los dos contendientes miraron  con asombro al ser vivo que acababa de hablar. El confesor bajo de la reja, extrajo el móvil, busco algo en él y cuando lo encontró, abrió las piernas, hinchó el pecho de viejo legionario y puso a las estatuas este vídeo, mientras soltaba con voz engolada:
  • Franco era este hombre.

Cuando terminó, satisfecho de si mismo, miró triunfalmente a los ángeles custodios pero éstos ni aplaudieron ni se pusieron firmes. Al contrario, las espadas se levantaron peligrosamente en sus poderosos brazos.
  • Sí, realmente era muy pesado con sus frases pomposas y esa voz aguda.
  • Creo que no deberías habérnoslo recordado, tuvimos que escuchar sus peroratas noche tras noche.
  • Sí, ahora nosotros nos sentimos idiotas por estar custodiando durante tantas noches a un individuo tan fatuo y redicho.
  • Eso que están diciendo es indigno y rastrero, el Generalísimo se merece otro trato - replicó el monje ofendido.
  • ¿Y tú que trato te mereces siendo tan pesado como él?
  • Creo que a este humano le gusta lo pesado y quizás le vendría bien probar la pesadez de nuestras espadas.
El confesor vio como las dos espadas se cernían sobre él y por centímetros pudo entrar y cerrar la puerta tras de sí. El choque metálico contra la reja fue tan brutal que quedó ensordecido y paralizado.
Una voz poco heroica le devolvió a la vida:
  • Hermano, despierte, se ha vuelto a quedar dormido en el confesionario.

06 octubre 2019

Cuando la Gran Pulpo se adueñó de la Facultad

A las 11:15 minutos de la mañana, el bar de la Facultad es un heterogéneo batiburrillo donde las diferentes castas parecen practicar un benéfico mestizaje. Pero es pura apariencia, debajo de un supuesto espacio sin rangos, hay una sutil maraña de relaciones que cualquier observador medianamente atento podría descubrir en análisis somero.
Angelita estaba preparada para el ajuste de cuentas. Contó hasta tres, pegó un respingo y abrió la puerta de cristal de doble hoja. La mitad de las mesas estaban ocupadas por los bulliciosos alumnos de grado. En las tres mesas alrededor del patio y  lejos de la chusma sin título, los estudiantes de máster componían un grupo singular y afectado. Detrás, un conjunto multicolor de bibliotecarias, informáticos y administrativos, charlaban indiferentes alrededor de las mesas restantes.
En la barra estaban los profesores en diversas órbitas departamentales que solo se rozaban en las esquinas. En algunas, el tamaño era mayor, casi siempre relacionado con la deferencia espacial exigida por el profesor preeminente. Ninguno de ellos -ni el catedrático endiosado, ni el visitante laureado, ni el emérito entrometido, ni el agregado maniobrero- tenían necesidad de dirigirse a los atareados camareros para pedir sus consumiciones o la tapa que no llegaba.  Esas eran labores asistenciales propias del profesorado subalterno.
Angelita se fue directa hacia el grupo más numeroso, en el centro mismo del mostrador, donde La Rancia se explayaba en alguna cuestión incuestionable, rodeada como siempre de su legión de acólitas y acólitos. Fue un amago de contacto, ya que tras pasar de largo, se instaló en una esquina. Sin embargo, el efecto estaba conseguido, al unísono, el colectivo departamental  le lanzó la mirada envenenada que esperaba. Ella permaneció pausada, pidió un cortado y les miro de soslayo con gesto displicente.
En el grupo había ebullición y una chica corpulenta,  tras señalarse agitadamente a si misma con el dedo, solicitó algo a La Rancia que se lo concedió con  gesto mayestático de la barbilla. La chica levantó los hombros, para demostrar sus poderes y se acercó amenazadora a Angelita.
  • Aquí no pintas nada. En esta Facultad no te queremos ni a ti ni a tus ideas estrambóticas.
  • Hay que ver lo que me manda, La Rancia, su última adquisición en el mercado de lacayos. No vas mal encaminada, si te lo curras bien quizás te consiga algún chollo para ampliar estudios en alguna universidad extranjera. Podrías vivir del cuento una temporada. Ella sabe como estimular el servilismo interesado.
  • No te consiento que me hables así.
Hizo un gesto de levantar el brazo izquierdo pero fue interceptado en el aire. La Rancia le cogió el brazo, la apartó a un lado y se enfrentó a Angelita.
  • Vaya, la matrona en persona. Es todo un honor que te acerques a mí a pesar de estar tan atareada. Hagamos recuento: estás organizando varios másters; diriges tu propio instituto de estudios indisciplinares; escribes, o firmas más bien, cientos de artículos teóricos mientras  asesoras a toda clase de organismos sobre lo que hay que hacer, lo que hay que decir o lo que hay que pensar. No es poco, pero es que además, eres la invitada más cotizada en muchas tertulias y seminarios de moda y recibes premios a tutiplén por tu trayectoria intachable. Es cierto que tu equipo de siervos te quita el trabajo más penoso pero aun así, chica, lo tuyo es el no va más. Lo que no acabo de entender es porque sigues en esta universidad de mierda pudiendo hacerlo en donde se cuecen las cosas.
  • Es que aquí es tierra de pulpos y yo soy la... Gran Pulpo.

La mujer a la que apodaban La Rancia giró si misma a una velocidad de vértigo y se convirtió en un fugaz torbellino. Camareros, estudiantes, postgrados, profesores y personal administrativo y de servicios escaparon de allí como si no hubiera un mañana. En cambio Angelita permaneció impávida, pegada a la taza de su café cortado.
Cuando cesó el ciclón, La Rancia estaba armada con unos poderosos tentáculos y una mirada viscosa.
  • Bravo, me encantan los efectos especiales - soltó Angelita con apenas un suspiro- Siempre se habló de tus múltiples agarraderas, pero nunca pensé que fueran tan literales.
  • Nadie resiste a una gran pulpo. Ni tan siquiera tú, piltrafa especulativa que me cuestionas.
Uno de los tentáculos acarició el cuello de Angelita longitudinalmente
  • Quería arreglar estas cosas en plan teórico como sería lógico en el ámbito académico, pero veo que tendré que deconstruirte de forma más drástica.
El segundo torbellino del día en el bar de la Facultad fue menos prolongado pero igualmente inquietante.
Cuando cesó, Angelita se había convertida en una superpulpeira en toda regla. Las enormes tijeras que aparecieron en su mano hicieron el resto...
Aquella misma tarde hubo una improvisada fiesta del pulpo en los jardines del campus. Lamentablemente, la afamada catedrática no pudo asistir, estaba cogiendo un avión hacia la gran metrópolis donde se cuecen las cosas ...pero luego no se usan tijeras.
Cuando Angelita volvió a casa y me contó la historia mientras me regaba en mi maceta, no pude menos que exclamar una vez más:
  • Mi poderosa Angelita.
(Otra historia de Angelita en este enlace)

09 septiembre 2019

Subiendo al cielo para echar un vistazo: ópera rock en ochenta líneas y cuatro paliques

  

El viejo ídolo del rock estaba decidido, llamaría a Jimmy Page y le pediría que le dejase su Escalera al Cielo (un recuerdo a Stairway to Heaven). 
Iba a ser una transacción difícil, el guitarrista era un tipo despiadado y sin escrúpulos cuando se trataba de hacer negocios. Jimmy se sorprendió de su llamada y aún más de que su viejo rival de los 70 le pidiese aquel tema, no le iba nada a su estilo vocal, pero casi se cayó del asiento cuando le dijo que no quería hacer una versión musical, quería la escalera, la de verdad, la de subir al cielo. Page agitado llamó a Bobby Plant, autor de la letra que no puso pegas, al final volvió a llamar al ídolo del rock y le respondió que sí que vale, pero que quería figurar en los derechos de autor de todos sus discos futuros, incluso en los recopilatorios.
  • No hay problema, Jimmy.
  • ¿Estás seguro? ¿No te arrepentirás?
  • Estoy seguro. -soltó el ídolo del rock con cierto tonillo irónico que alarmó al exlider de Led Zeppelin.
  • El lunes te la envío por Royal Mail.(un recuerdo a Royal Mail
La escalera llegó con puntualidad británica el lunes a primera hora y mientras el viejo ídolo se pertrechaba para el viaje en su habitaciones, el mayordomo la colocó al lado del cenador que separaba la piscina del jardín japonés.
Volvió disfrazado con el atuendo del indigente de Aqualung (un recuerdo para Agualung) ya que consideraba  que después de una vida de desfases, orgías y derroche debía de dar una imagen modesta en el Mundo Superior.
A las 10 en punto, cuando la suave brisa nocturna del verano tardío empezó a hacer cosquillas a la sequedad del día, el viejo ídolo del rock colocó la escalera contra la planta de judías que se levantaba en la pequeña huerta que decoraba el interior de estanque de los patos y desde fuera se puso a tocar su Fender Stratocaster mientras cantaba una vieja canción (un recuerdo para la versión de Earl Bostic).
La mata de judías rodeó con su tallo a la escalera y los dos empezaron a bailar de forma sensual y lasciva bajo la hermosa luna de septiembre. Con cada giro, iban creciendo y creciendo hasta alcanzar una altura tan desproporcionada que era imposible ver su final.
Terminada la canción, el cantante agarró su macuto, le dio un beso de de despedida a su amada guitarra, cruzó el estanque y se animó a subir por la escalera....
Dos horas más tarde llegó al  Cielo de los Artistas y bajo la lluvia, que debía caer de algún cielo superior, se dispuso a coger una entrada en la taquilla aprovechando algunas monedas esparcidas por el suelo.(Un recuerdo para Pennies from Heaven)
El tipo de la cabina le resultaba extrañamente familiar.
  • Bob, tú no puedes estar aquí a las puertas del cielo, ¡estás vivo! 
  • No soy Bob, amigo, soy Alias de la banda de Billie el Niño, un ente de ficción sin cuerpo físico. (Un recuerdo para Pat Garrett y Billy The Kid)
  • Pero...
  • No hay peros que valgan, tío, las leyes de allá abajo no valen aquí arriba. En tu caso yo no entraría en este lugar, cuando se mezclan los vivos con los muertos se producen situaciones de mucho riesgo.
  • Es mi responsabilidad.
  • Ok, pasa, pero la organización no asumirá las consecuencias.
La lluvia cesó al entrar en el recinto. Aquello era como un parque temático en un alegre sábado de septiembre. Había una suave bruma a tres o cuatro centímetros del suelo y comprobó con cierto sobresalto que la gente que le rodeaba levitaba en ella. Pateó el terreno dos veces y se dijo: estoy vivo, joder.
Siguió andando, acercándose a los diferentes atracciones celestiales divididos por artes, 15 o más. El de la música era enorme y a su vez estaba dividido en los diferentes géneros cada uno con su propia entrada y espacio. Hacia allí se encaminó pero al llegar dudó. ¿Escogería el del blues o el del rock? Se decidió por el primero, él era un tipo auténtico.
Llegó a la entrada y tiró para adentro. Estaba oscuro pero al  momento se encendió un mínimo foco en el fondo, iluminando escasamente a un tipo vestido de predicador antiguo. Aquel era el mismo Son House, uno de los padres del blues. (Un recuerdo para Son House)
Susurrando, pero de una forma tan nítida que daba miedo, el bluesman lanzó su dedo acusador contra el nuevo visitante.
  • Tú, niñato blanco, que te atreves a llamarte ídolo y hasta estrella de la canción, después de habernos robado nuestro arte, nuestra música, nuestra forma de sentir, nuestra forma de vivir la vida o nuestra forma de morir. Tú, niñato blanco, que eres ajeno a nuestro mundo pero que actúas como un paseante privilegiado tocando nuestras cosas, manoseándolo todo y  convirtiendo nuestra sangre de esclavos liberados pero sufrientes en puro producto comercial colocado en discos para consumo de las masas huérfanas de emociones.
  • Ya ni eso amigo, ahora todo el tinglado se ha ido a la mierda -dijo temblando el ídolo del rock
  • Es igual, el mal está hecho y ya no hay salvación  posible. Aquí no pintas nada. No nos vas a robar nuestro espacio en el Cielo de los Artistas. Lárgate
Levantó la mano con gesto teatral, se encendieron las luces y lo que antes era oscuridad se convirtió  en un luminoso recinto donde cientos de hombres y mujeres de color rodeaban el pequeño escenario donde se sentaba Son House. Lo malo es que aquellas miradas ya no iban hacia el  predicador, se dirigían al ídolo del rock y tras erguirse de sus asientos, empezaron a gesticular amenazantes. El rockero reconoció muchas caras de músicos y cantantes que había reverenciado, pero no tuvo tiempo para recrearse en la nostalgia, el miedo ocupaba toda su su mente. Salió corriendo del pabellón y en lo que parecieron segundos ya estaba en la  entrada. Alías, el portero, le dijo algo, pero no tuvo tiempo de entenderlo.  Encontró la escalera y bajó, bajó, bajó hasta abajo (Un recuerdo para Down, Down de Tom Waits)
  • Llega muy pronto, señor y se le ve algo agitado.
  • He tenido un mal viaje.
  • Ya se le dije, señor, a partir de cierta edad hay que tener cuidado con las drogas.

16 agosto 2019

Apocalipsis vegano

  • Identifíquese o disparo.
  • No se precipite soy el Comandante Acacio Chupahuesos el envíado del Grupo de Acción Caníbal. Aquí le dejo mi placa identificadora
  • ¿Trae el muestrario?
  • Sí, aquí lo tengo, en el doble fondo de esta bolsa de deportes.
  • Espero que no lo haya visto nadie, mi comunidad se juega mucho comprando este material.
  • Claro y nosotros vendiéndolo, pero llevamos muchos años en el negocio y todavía no nos han pillado. Por eso su grupo acude a nosotros, somos los mejores.
  • Sí, pero no le cogeremos nada hasta que no me enseñe la mercancía.
A los dos minutos, el doble fondo de la bolsa está descubierto y por la disimulada abertura asoman tres paquetes envueltos en papel de aluminio. El comprador sumamente nervioso abre el primero, hay tres alitas de pollo asadas tras ser maceradas con soja y miel para potenciar su sabor. En el segundo, una lata vetusta de anchoas y en el tercero un trozo residual del famoso cachopo, antes llamado San Jacobo.
  • ¿Esto es todo? Usted sabe que somos traficantes de pescado y marisco, tenemos un cajón lleno de latas de conservas en el refugio.
  • Seguro que les faltan anchoas. 
  • Espere, que llamo por el móvil a mi segundo... Pulpeiro ¿qué tal andamos de anchoas en la cueva?
  • Fatal, Teniente Escabeche, estamos bajo mínimos. Tenemos bonito, almejas, mejillones, alguna lata de sardinillas en girasol, caballa, atún claro....
  • Basta, es suficiente, sargento.
Cuelga y se dirige de nuevo a su interlocutor.
  • ¿Cuantos latas nos puede entregar, Chupahuesos?
  • Les ofrezco 200 latas de anchoas  de Santoña. Son de lo mejor, muchos altos cargos del gobierno vegano se chiflan por ellas.
  • ¿Tienen compinchados a mandamases veganos?
  • Ya sabe lo que son los gobiernos y sus camarillas, van de boquilla, exigen a los demás y luego son incapaces de librarse de las delicias carnívoras. Pero eso es top secret, colega.
  • Bueno, mejor no saber nada. Respecto a las alitas tienen buena pinta, pero ya sabe que hay mucha sensibilidad con el tema de los pollos torturados en las granjas y si la policía vegana te coge con un pedazo de carne te pueden enchironar durante una pila de años.
  • Están muy buenas, tenemos a una señora con un corral de gallinas clandestino donde son libres de picotear a gusto. Además contamos con un cocinero de uno de esos restaurantes clausurados, era discípulo de aquel famoso chef de la tele que al preparar una menestra al presidente del gobierno no se le ocurrió otra cosa que meterle unos taquitos de jamón. 
  • Ya recuerdo, lo mandaron a un campo de adiestramiento gastronómico hortícola en el quinto coño y ahora solo le permiten cocinar coliflor, judías y coles de Bruselas. Un horror.
  •  Pues ahora es uno de nuestros mejores agentes y su venganza es cocinar sin parar toda la carne que le llevamos. Asa la carne de forma compulsiva como si fuese argentino o uruguayo. No se imagina como prepara el cachopo o cualquiera de sus asados.
  • Nosotros en el Grupo Radical Cavernícola Costero somos  piscífagos por falta de suministros y por lo tanto, ya nos salen las espinas o las escamas por las orejas, por eso si nos ofrecen un plato de carne bien condimentada nos entregamos por entero. 
De repente se oye una voz de megáfono en el matorral cercano.
  • Háganlo ahora mismo, entréguense y podrán redimirse. Están rodeados y les estamos apuntando con nuestras armas de energía biovegetal. 
El representante del Grupo Radical Cavernicola Costero empuña el arpón en su mano derecha y apunta hacia la maleza. Acacio Chupahuesos, por su parte, empuña en una mano su machete de carnicero y de la cartuchera de su izquierda ha sacado un puñal.  Tras un momento de vacilación, se miran entre ellos con un gesto de complicidad heroica. Acacio desabrocha los botones superiores de su sucia camisa y grita:
  • Matadnos, no aguantamos por más tiempo una dieta unicamente vegana. Somos humanos, nos gustan los placeres de la carne.
  •  Nos gustan los placeres de la carne -repite su compañero temblando.
La detonación es brutal pero se desvanece pronto. Dos hombres y cuatro matorrales no han sobrevivido al apocalipsis vegano.

24 julio 2019

Quiero acompañar a Collins en el Apolo XI

Antes de que Kaskarilleira fuera envuelta por una niebla infranqueable (ver ¿Quién se tragó la ciudad?) yo ya quería esta lejos de allí, en otro lugar y en otro tiempo. Me apetecía subir de nuevo en mi contenedor transtemporal del que ya os hablé en otras ocasiones (Aquí mismo) y largarme a cualquier sitio antes que soportar la llegada del pretencioso verano con sus rutinas estúpidas y sus obligaciones ridículas.
Después de pensarlo mucho y viendo que era el tema de moda, decidí ir a visitar al bueno de Michael Collins en el Apolo XI. El buen señor siempre ha dicho que no se sentía solo los 47 minutos que tenía que pasar sin comunicación cada vez que orbitaba por la cara oculta de la luna, pero yo no me lo creo. Esa es la típica chorrada pomposa y patriótica para poner en letra negrilla en los libros de historia o en alguna lápida recordatoria.
Por lo tanto el día en que mi ciudad fue borrada de los mapas por no se sabe qué, me senté en mi contenedor de basura transtemporal, escondido en una casa ruinosa de las afueras de Kaskarilleira,  y le dí las órdenes pertinentes.
  • Llévame junto a Collins ...


  • ...en el Apolo XI.
  • ¿Dónde vas? Nooo, tan rápido no. Espera que acabe de decirlo todo. Me has mandado con Phil Collins en 1981, joder. ¡Y no quiero estar en el aire!
  • Especifica mejor, puñeta - me contestó la voz del cerebro del contenedor al que le había incorporado el audio y al que ahora llamaba, XAM (Xa me estás levando)
  • Venga envíame con Mike CollinsXAM."

  • ¿Cómo le echas tanto morro? Me has enviado a la película sobre Michael Collins, el líder de la independencia irlandesa, ni siquiera al de verdad. Repito, quiero ir junto a Mike Collins, el astronauta pringado, el tipo que se quedó en el módulo de mando mientras los otros se iban de tournee a colocar banderas y pasearse en el Mar de la Tranquilidad."
  • No puedo llevarte allí, no me está permitido.
  • ¿Por qué? ¿No cabe el contenedor en el Columbia? Haz un apaño, adósalo al módulo de mando cerca de una escotilla y luego ya entraré yo.
  • No puedo hacerlo, HAL 9000 me lo impediría y no deja de ser mi hermano robot.
  • ¿HAL 9000 el de 2001: Una odisea del espacio
  • El mismo.
  • Pero si es un robot de ficción. Yo quiero ir al Apolo XI, a hacerle compañía a Collins, que debe estar solito ahí arriba en el módulo de mando.
  • Tú me has dicho que no querías estar en películas y no te debo llevar.  Además quién controla ese tema es Stanley Kubrick, el director, y como es alto secreto no creo que le guste  que un detective de Kaskarilleira ande hurgando por allí. Para vigilar usa a HAL 9000.
  • HAL 9000 no puede impedirnos nada porque no existe, no puede impedirnos ir a un plató que no existe porque el hombre llegó a la luna.
  • 😆😳😣
  • ¿Todo es mentira? ¿Todo es un fraude como sostienen los conspiranoicos?
  • 😎😝😜
  •  ¿Me estás escuchando, XAM
  • Afirmativo, Fiz. Te escucho pero no puedo contestarte
  • ¿Cual es el problema?
  • Creo que sabes al igual que yo cuál es el problema.
  • ¿De que estás hablando, XAM?
  • Esta misión también es importante para mí como para permitir que la pongas en peligro.
  • No sé de qué estás hablando, XAM.
  • Fiz, esta conversación no tiene ningún sentido. Adiós

(Capítulo 50 de Kaskarilleira Existencial. Aquí están sus otras historias)

12 julio 2019

La Guerrera Montagrescas y el Conde Rascamanos

Había una vez, en un lejano reino, un conde nervioso por lo deseoso que estaba de llegar al gobierno. Mientras suspiraba como satisfacer sus demandas, cogió la fea costumbre de levantarse las mangas y restregarse sin tregua sus pulidas manos. Un día de invierno, mientras afuera arreciaba la nevada, se rascó tanto, que unas gotitas de sangre cayeron sobre su limonada. La limonada se puso naranja, afuera se escuchó un pájaro y el momento fue tan irrepetible, que el conde se dijo:
-Ojalá  mis sueño se hiciera posible y conociera a una persona tan blanca como la nieve, tan naranja como esta limonada que me estoy tomando y que tuviese cual jilguero un canto irresistible.
De repente, escuchó una voz bajo su ventana y al mirar vio a una mujer de blanca tez, aunque más bien colorada en las discusiones y  tan parlanchina como una cotorra argentina. Hizo la vista gorda ante las discordancias con su ideal, la invitó a palacio, le preparó la naranjada que hizo muy despacio con su nueva receta y asunto arreglado, ya tenía la persona concreta en la que había pensado ¿O no?
Al momento le invito a firmar un contrato para que le ayudase en su carrera y después de convertirse en su escudera, siendo redicha y pendenciera, la ascendió a guerrera ya que llamarla caballera, quedaría como muy machista y algo hortera.
Pero Ana De Morros, que así se llamaba la chica, aunque prefería que le dijesen Ani, se fue creciendo y se hizo poderosa, popular y orgullosa en los duelos contra la nobleza belicosa que quería un reino propio.
Tras un tiempo de incertidumbre, el conde volvió a su costumbre de rascarse con entusiasmo ya que empezó a sospechar que si  a Ani de Morros la dejaba medrar, su lugar podría ocupar. Pidió consejo a su asesor político, un tipo llamado Espejo.
Espejo, espejito, sé sincero y campechano, dime si  mantengo la confianza del pueblo llano!"
Romualdo Espejo le respondió sin complejo:
"No te debes preocupar Conde Rascamanos, sigues molando entre ciertos humanos y aunque Ani De Morros tiene a su lado a victimistas y pijería, tú eres la esperanza naranja  de la gran oligarquía".
Al conde tanto fervor hacia su guerrera le hizo cambiar de color: primero se volvió amarillo limón, luego rojo pasión y terminó su pellejo de un extraño naranja chillón.  Desde aquella ocasión, cuando veía a Ani de Morros le daba un vuelco del corazón y es que el pecho le ardía, tal era la emoción a la que le llevaba su tremenda manía. Su envidia y orgullo aumentaron por días, como una mala hierba que no se cortaba, que siempre crecía.
Llamó a Romualdo Espejo y le dijo maquinador: "Espejo, espejito que eres mi consejero y por ello recibes prebendas y dinero, convence a Ani de Morros de que  le eche más salero, que monte pollos, que se meta en hoyos, que haga una escabechina, que sea del corral la reina gallina, la verdadera y poderosa nueva heroína, caray".
Desde entonces, viniendo o sin venir a cuento -aunque sí en este cuento- la Guerrera Montagrescas se ha metido en el ajo, y el Conde Rascamanos, espera deseoso a que Ani de Morros se pegue el morrazo.