Sillas de matar sin vender
El autobús con destino a alguna parte salió a las seis de la mañana de la Terminal Greyhound del centro de Los Ángeles . Xan ocupaba una fila delantera, asiento con ventanilla y no dejaba de mirar afuera temiendo la presencia motorizada de aquellos matones con corbata. Habían hecho un trato entre ellos. La policía de Los Ángeles , la LAPD y probablemente los federales, les habían echado el ojo y convenía cerrar la empresa eléctrica pantalla y desaparecer una temporada. Llevaba la mochila entre las piernas y la mano derecha apoyada en el reposabrazos para disimular el temblor. Desde aquella noche trabajando en la iluminación de la fiesta del productor, la mano le temblaba a la menor tensión. Al cerrar los párpados, la descarga volvió a su memoria: el olor a cable quemado, el latigazo en el brazo, la caída en el jardín cerca de la piscina, y luego las luces bailando un swing delante de sus ojos. Cuando su compañero Andy , viéndole ya recuperado, le pregu...