Las reliquias también toman café
La compuerta se cierra y Xan ya está dentro. Pi.Von camina delante y la servilleta se bambolea en el brazo del camarero metalizado. Huele a café, en efecto. Y a algo más, metálico y dulzón, que Xan no sabría nombrar. El pasillo se hace corto para la creciente ansiedad del visitante. Por aquí, señor Touciño . Xan no pregunta cómo el robot sabe su apellido real. El que dejó olvidado en la taquilla de un taller de Newark cuando empezó a ser Sam Touzins La sala se abre de golpe: sillones de cuero gastado, una mesa baja, y al fondo un ventanal curvo donde el cielo estrellado se derrama sin filtro, como si alguien hubiera quitado una pared y hubiera puesto el espacio entero en su lugar. En uno de los sillones hay un hombre de pelo blanco y largo, con una bata que no es de un estilo que Xan conozca. El tipo se levanta, ensaya un educado carraspeo y se ajusta el pelo con la parsimonia coqueta de quien no tiene prisa por nada, ni siquiera por presentarse...