20 noviembre 2009

¿Es la filosofía un simple juego fatuo?


16 noviembre 2009

Gatos que no quieren ser mascotas


Estamos en el año 2000 y pico después de Cristo. 
Toda la Gatia está ocupada por aburridas mascotas caseras...
¿Toda? 
!No! 
Un callejón poblado por irreductibles gatos callejeros resiste todavía y siempre al invasor. 



Y aunque la vida no es fácil con tanto vehículo motorizado, 
tanto rico manjar envenenado, 
tanta obsesión humana por la limpieza urbana,
y tanta mala bestia a dos patas
dispuesta por capricho a despanzurrar a un precioso gatito;
tampoco quieren convertirse en castrados gordos neuróticos  
con cita mensual en el veterinario
siestas de veintidós horas 
y paseos rutinarios entre dormitorio, sala y cocina.  
Simplemente es su derecho ¿o no? 



09 noviembre 2009

Lo que Judson unió...


Sí, a ti Whitcomb L. Judson
A ti te le digo. 
Te sientes orgulloso, ¿eh? Seguro.
Claro, el gran inventor se siente satisfecho de su obra. 

Primero lo intentaste con un tranvía moviéndose por aire comprimido a través de un sistema de pistones subterráneos. Conseguiste que te montaran una línea para probar tu cachivache y nada menos que en la capital. En Washington.
Durante dos semanas tuviste a la población en vilo:
  • Ohhh el Ferrocarril Neumático de Judson.
  • Ohhh, el futuro esplendoroso ya está aquí.
Fracaso estrepitoso. Los tranvías eléctricos resultaban más económicos y prácticos.
No te conformaste. No señor, seguiste erre que erre. 
Sacabas patentes al mercado como un mago saca un conejo de la chistera. 
Seguro que te decías: 
  • Alguna caerá, digo yo
Y cayó. Vaya si cayó. 
En 1890 inventas un instrumento maligno. 
Diabólico.
Asesino.
Es cierto que tú no le pusiste el nombre. Es cierto que solo pusiste a andar la máquina y que luego otros la hicieron más compleja, más sutil, más terrible. Algo semejante a ese Dios téista, mero creador del Universo, que admiraba Voltaire y que los antidarwinianos utilizan para recusar el evolucionismo.
¿Recuerdas cuando Mr. Anderson, examinador de patentes, frunció el entrecejo y
rechazó tu invento en gesto benevolente hacia la humanidad futura?  
Poco duró la cosa. El buen hombre te pidió que lo mejorases, porque se parecía demasiado a otros artefactos que habían pasado por aquella pulcra oficina.
Te pusiste a trabajar -obsesionado por la idea que no te dejaba dormir- y presentaste tu mecanismo de nuevo en 1893. 
Fue aprobado y las lágrimas rodaban hasta tu barba de orgulloso inventor. 
No había duda, la Humanidad  te debía una. 
¡Qué feliz eras en la Feria Mundial de Chicago y luego cuando pusiste los cimientos de tu empresa, la Universal Fastener Company
Al principio la cosa no iba bien del todo ya que los fabricantes desconfiaban de aquel extraño producto que no siempre funcionaba como debía. Hasta que tu empresa contrató a aquel ingeniero sueco que mejoró de forma ostensible aquel  primitivo aparato. 
Crecieron sus dientes, pero se siguió atorando. 
Se siguen atorando hoy en día, aunque aparentemente hubierais conseguido la unión perfecta entre machos y hembras.
No tan perfecta. 
Si lo piensas bien, no puede haber una unión perfecta entre machos y hembras. 
Y eso lo sabes tú bien. 
Lo tuviste que saber desde el momento en que te hiciste responsable de ese instrumento que atormenta nuestras vidas y que cuando somos cadáveres, nos las cierra al mundo embutidos en esas tremendas bolsas oscuras en las que nos conducen a la funeraria. 
Malditas cremalleras.


02 noviembre 2009

Noches de boda



 


28 octubre 2009

Yoñlu: Morir a los diecisiete


El 26 de julio de 2006 moría en su casa de Porto Alegre (Brasil), Vinicius Gageiro Marques, conocido en Internet como Yoñlu o Yoñlu. Era un chico de clase alta, hijo de padre político y madre psicoanalista, que había recibido una educación esmerada. Dominaba el francés y el inglés –aprendido viendo series de TV-, leía a grandes autores de la literatura universal, por ejemplo a Kafka, y sobre todo componía y grababa música en un estudio improvisado en su casa familiar. Luego los guardaba en un cd e incluso los colgaba en la red.
Mala suerte para un chico sensible y culto en una época donde está mal visto que los chicos sean sensibles y cultos.
Había nacido en 1990 y por tanto, le quedaban escasas semanas para cumplir los 17 años. Poco tiempo, pero suficiente como para pensar que había llegado la hora de largarse de este mundo en que se sentía extraño. 
En aquella tarde de invierno lo preparó todo concienzudamente. Detallista como era dejó una nota exculpando a sus padres, a los que aconsejaba que escucharan su música cuando estuvieran tristes, indicándoles también la dirección del blog donde había colgado sus canciones. En su nota contaba que la música era el único remedio posible frente a la desesperanza. A él no le bastó. Se llevó al baño su equipo para  poder escuchar sus temas favoritos, mientras se entregaba a la muerte ingiriendo monóxido de carbono:



Con 23 de aquellos temas grabados en su casa, se ha sacado un disco de gran éxito, A Society in Which No Tear is Shed is Inconceivaibly Mediocre. Desde entonces han aumentado sus clubes de fans en las redes sociales. Ahora en Youtube proliferan los vídeos con sus temas -combinados con bonitas imágenes- y los arreglos que otros han hecho con ellos. La prensa como no, ha usado su ejemplo para contarnos una vez más como Internet es un diabólico instrumento cargado de corrupción y muerte. No tienen reparos en imaginar un futuro donde los adolescentes se suicidarán en masa delante de los monitores, animados por otros internautas, mientras sus padres no se enterarán de nada  hasta que cansados de trabajar, llegan por la noche a sus casas.
Yoñlu era considerado, amable y muy inteligente según quienes le conocieron. Es cierto que recibía terapia desde los 9 años, pero eso es normal entre la gente culta y progresista que tienen hijos en edad escolar. 
Como otros chicos, vivía en un mundo doble. Un mundo real, insufrible par él, y un mundo virtual donde todo era posible. Sus canciones eran tristes porque hablaban de las tristezas de ese mundo real que él apenas quiso conocer. Son temas que se adaptan a la perfección a esa tristeza y saudade sobre la que pivota lo mejor de la música brasileña. 
Ahora lo comparan con otros grandes artistas. 
Ahora será un nuevo cromo par el álbum de los mitos malogrados. 
Ahora yo contribuiré con esta entrada a alimentar un poco más la leyenda, mientras la persona real, la que está detrás de Yoñlu, irá desapareciendo más y más hasta que finalmente muera por completo. Esa muerte de la que no te salva nadie,  ni la fama, ni los beneficios que ella conlleva. 
Si es así, que así sea.

19 octubre 2009

Solo para nosotras solas (N_ONE _ O : perdiendo los papeles)


  • ¡Tú no eres el Adonis del Caribe!
  • Señoras ...yo.
  • ¡Señoras, leches! ¿Se puede saber como coño te has metido en mi furgoneta?
  • ¡Qué descaro, ustedes me secuestraron!
  • No te secuestramos a ti, mamón.
  • Cállate, Elvira, que te pierdes.
  • Maruja, explícame entonces por qué en vez de nuestro príncipe latino tenemos aquí dentro a este viejo oxidado.
  • Ni idea. Nos habremos confundido, pero no sé cuándo ni cómo. Escucha, tío mierda, me estás cansando y la opción es clara: o sueltas lo que sabes o te remuevo este bate en las entrañas.
  • ¿Queréis que le pinche en los riñones con las agujas de calcetar, chicas?
  • Espera, Reme, antes démosle una última oportunidad. Suelta lo que tengas que soltar y hazlo rápido.
  • Señoras, yo...yo sólo soy un pobre archivero que me dirigía a mi trabajo como cada...cada mañana en el Barrio Antiguo (Ver aquí). Desconozco quien es ese Adonis del Caribe que ustedes quieren encontrar.
  • ¿Encontrarlo? Queremos poseerlo para nosotras solas. Ansiamos alimentarnos con su glorioso cuerpo, contaminarnos con los efluvios de su rotunda masculinidad, saborear el hidromiel de su alma generosa.  ¡Pedro Saúl Morales, solo para nosotros solas!
  • No seas teatrera, Luisa y menos le des datos sobre nuestras ansias profundas a este pisapapeles desestructurado.
  • Entonces tendremos que libraremos de él, ¿no niñas? Habrá que cargárselo. Decidme que sí, venga.
  • Elvira, aunque habitualmente reniego de tus tendencias abiertamente sádicas, esta vez considero que has estado acertada. No veo otra opción, chicas, si no queremos acabar nuestra postrera juventud en una lúgubre mazmorra.
  • ¿Diga?
  • Sabemos que usted y sus amigas han hecho una mínima gamberrada. Nos da igual pero escúcheme bien ya que solo se lo diré una vez. Comuníquele lo que le voy a decir a sus compinches parroquiales.
    Como ustedes tienen al tipo que íbamos a secuestrar nosotros y nosotros al suyo, tendremos que hacer un intercambio.
    Lleven a nuestro paquete a la explanada del Faro Mayor de Kaskarilleira a las 3 de la madrugada y nosotros le entregaremos vivo al pirindolo tropical. Sean buenas chicas y podrán jugar con su muñequito hasta que se cansen de él. De otra forma serán culpables de una tragedia que les traerá algún dolor de cabeza.
  • ¿Quienes son ustedes? Cómo los reconoceremos allí, si estará todo a oscuras?
  • Lleven una linterna. Lo dicho: a las tres de la mañana les esperamos, ni un minuto más.

12 octubre 2009

La montaña trágica (Kaskarilleira existencial 5)


(El resto de historias de Kaskarilleria existencial las podéis ver desde aquí)

Os diré una cosa: Sapatileira nunca me dio buena espina. Ahí tan grande, haciéndole sombra a Kaskarilleira e incluso disputándole protagonismo al Faro Mayor.
En los tiempos ominosos algunos usaban su chepa pelada para el deporte más exitoso del momento: el tiro al rojo, versión castiza de otros afamados deportes como el tiro al negro y las variedades arias: tiro al judío, al gitano, al eslavo etc...
Mucho les gustó el sitio a aquellos avezados tiradores, hasta el punto de querer prolongar su
tierna camaradería armada habilitándolo para su recreo. Con sus ya conocidos modales enérgicos, desalojaron las aldeas de Sapatileira y plantaron las semillas de las que luego serían florecientes sociedades: la de tiro, el club de golf, el de tenis, la hípica, el aero-club etc...
Bajo el azul del cielo, el inequívoco azul de las camisas patrióticas iluminaba los alegres corazones victoriosos, muy lejos de la ominosa grisura de la ciudad a sus pies.
Allí mismo construyeron sus nuevas mansiones interurbanas y como había espacio suficiente, las escuelas, colegios y facultades en los que luego estudiaron sus retoños.
Pasaron los años y Sapatileira se convirtió en lugar de paso para estudiantes, profesores, chachas, amantes nocturnos y yonquis. El resto solo nos acordábamos de ella cuando cada verano, invariablemente, decidía quemar sus matorrales y lanzarnos encima sus malos humos.
Todo normal, todo sabido, todo aceptado. Hasta aquel día
de principios del mes de octubre. Desde entonces nada fue igual.
Los periódicos de la mañana daban la noticia con caracteres espectaculares. Aquella misma noche, algo extraño había ocurrido en Sapatileira. No serían ni las 2 de la mañana cuando un destello verde barrió la montaña de arriba a abajo, desde la cima hasta las faldas de la ladera norte que daba a la ciudad. Un grupo de guardias de seguridad de las urbanización colindante llegó a los pocos minutos. D
esde lejos nada les llamó la atención, excepto los restos humeantes en la roca desnuda. Se acercaron hasta la piedra con su linternas y notaron que la pared estaba horadada con grandes cicatrices de una profundida inaudita.
Eran letras.
Enormes.
Inmensas.
Con un mensaje corto pero categórico:
"O me quitáis toda la mierda que que me habéis echado encima en el plazo de una semana, o me la sacudo yo misma. Estáis avisados"
(Firmado: Sapiteleira, la montaña trágica)