¿Pies, para qué os quiero?


 Dejad de torturarme, pies. 
Dejad de arruinarme la vida con vuestros agravios. 
Tampoco me creo esos bonitos nombres con que designáis  vuestros estragos. 
Esos callos que no son los de la tapa sabatina en los tugurios kaskarilleiros, sino los otros. Los que duelen 
Juenetes: diminutivo cariñoso, por grande que sea el dolor. Nunca serán juanones aunque te salgan sabañones.
No hay épica deportiva en el pie de atleta. No hay una pista de tartán, ni un podio medallero al final de la carrera. En realidad, ahí solo corren los hongos, para pudrirte los pies que acaban en silencio dentro de la mortaja de los calcetines y el sarcófago del calzado.
No soy la Cenicienta del cuento. Lo que llevo en los pies no es de cristal. Con mi suerte se romperían al primer intento y mucho me jodería no ser la elegida. 
Calzo un 44,cuando mis pies buscan amistad con el zapato. Si están a gusto se estiran hasta un 45, esa talla que hace temblar a los vendedores. 
Frecuento las zapatillas deportivas. Montones de cordajes que nunca se abren y hacen que los dedos entren como las garras de un halcón cazando una presa y acaben aplastados contra la suela interior durante horas. 
¿Y qué decir de tus compinches textiles que te abandonan al primer ataque? Calcetines que se descomponen al segundo lavado o quedan despellejados a la segunda caminata. 
Ellos son la muestra más obvia de la sinrazón capitalista y de esa palabra tan antipática como argumentalmente venenosa: obsolescencia programada.
Insoportable sarcasmo llamar tomates a sus restos maltrechos.
 Creo que alguna vez sabremos porqué  vuestras dolencias vienen adobadas con palabras mullidas. Me huelo una conspiración lingüística de la exitosa industria zapatera con la triunfante podología. 
Casi compramos zapatos como compramos papel higiénico en el súper. 
Se extinguen los zapateros. Nadie te coloca unas tapas, ni te arregla una puntera. Casi han desaparecido aquellas covachas oscuras, hospitales de zapatos moribundos con insoportable olor a betún. Son cosas del pasado, de boomers de la cultura del remiendo, que no quieren mortificarse a la moda de pillar y tirar. 
Mejor seguir sufriendo con los zapatitos nuevos y luego ir a la podóloga de la esquina para que te haga un arreglo. Un arreglo de pies en vez de un arreglo de zapatos. 
No se trata de andar, se trata de aprender a caber en lo que te dan.
O acostumbrarte a aguantar el dolor.




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