11 abril 2008

El amor muerde


Muchos años después, justo cuando le iban a entregar el Premio Nóbel, el Doctor Max K. había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el amor.
Vivía en un pequeño pueblo de belleza lujuriosa en las estribaciones de los Alpes alemanes. Un lugar bucólico, remoto y conservador donde cualquier noticia que rompiese la permanente rutina era recibida con contenido regocijo por parte de sus austeros habitantes. Sí, también como en Macondo llegaban las novedades por primavera. No eran zíngaros, faltaría más, que ni se acercaban por allí sabiendo que en caso de aparecer serían expulsados del villorrio sin más contemplaciones. Se trataba de un pequeño circo ambulante que junto a las actuaciones de equilibristas, malabaristas, saltimbanquis, un oso macilento y una pareja de patéticos payasos, siempre traía sorpresas para grandes y chicos.
Agarrado de la manaza terrosa de su padre, el pequeño Max se sentía el ser más feliz del mundo en aquel sábado brumoso del mes de abril. Llevaba meses siendo un niño ejemplar a la espera de su merecida recompensa. Su gran premio. Infinitamente más emocionante que el posterior Premio Nóbel. Algo que seguramente escandalizaría a sus colegas científicos pero que su conciencia no tenía ningún reparo en reconocer.
 Antes de la actuación pasaron por la tienda del mago Ching. Es verdad que aquella barba de chivo parecía falsa y que los ojos eran demasiado rasgados para ser orientales. Aquel hombre con kimono, parecía un oriental de tebeo detrás de su mesa camilla iluminada únicamente por un pequeño quinqué colgado del techo. Max puede que fuese un pequeño aldeano en los Alpes remotos, pero sabía mucho de chinos. Estaba enterado de las desdichas del bueno de Flash Gordon y su novia Dale Arden a manos del despiadado Ming, ya que puntualmente recibía los comics gracias al viejo Kurt, el cartero. También le chiflaban las películas de aventuras. Había visto unas cuantas del insidioso Fu Manchu en las sesiones de domingo en el salón municipal. No, no era fácil darle gato por liebre. Sin embargo en pocos segundos, mientras el mago les invitó a sentarse con gesto teatral, se olvidó de aquella sensación de falsedad y se dejó seducir por el embrujo del momento.
  • Señores -empezó a decir el mago. Ustedes dos son auténticos privilegiados al poder contemplar algo sublime, irrepetible, inconmensurable. Algo nunca vista hasta ahora.Un milagro de la naturaleza. Un milagro de la vida.Un milagro a pocos centímetros de donde se encuentran. Justamente ahí, tras esa tela roja situada a mi derecha.
Efectivamente, a su derecha había un bulto de unos 40 cm. de largo por 20 de ancho tapado con una especie de tejido de terciopelo.
  • Les ruego silencio, lo que hay debajo es extremadamente sensible al entorno. Cualquier sorpresa no prevista puede ser letal para su supervivencia.
El corazón de Max era una válvula de seguridad a punto de estallar.
  • Con ustedes...EL AMOR.
La mano del mago se arqueó en el aire, bajó hacia la tela, la cogió y luego la levantó vaporosa y estremecida.
Debajo apareció una jaula dorada y dentro de ella, un pequeño roedor.

1 comentarios:

  1. Gracias por este delicioso trasunto de Cien años de soledad, mi libro favorito.

    Eres un genio, te admiro y ahora me arrepiento de haber estado tan alejada del ordenador y haberme perdido tus magníficos posts. Pero bueno, me voy poniendo al día.

    Un beso dulce de cereza,

    B.

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