Las reliquias también toman café

La compuerta se cierra y Xan ya está dentro. 

Pi.Von camina delante y la servilleta se bambolea en el brazo del camarero metalizado.  

Huele a café, en efecto. Y a algo más, metálico y dulzón, que Xan no sabría nombrar.

 El pasillo se hace corto para la creciente ansiedad del visitante. 

  • Por aquí, señor Touciño.

Xan no pregunta cómo el robot sabe su apellido real. El que dejó olvidado en la taquilla de un taller de Newark cuando empezó a ser Sam Touzins

La sala se abre de golpe: sillones de cuero gastado, una mesa baja, y al fondo un ventanal curvo donde el cielo estrellado se derrama sin filtro, como si alguien hubiera quitado una pared y hubiera puesto el espacio entero en su lugar.

En uno de los sillones hay un hombre de pelo blanco y largo, con una bata que no es de un estilo que Xan conozca. El tipo se levanta, ensaya un educado carraspeo y se ajusta el pelo con la parsimonia coqueta de quien no tiene prisa por nada, ni siquiera por presentarse.

  •  Es un honor tenerlo aquí, Xan Touciño. Su presencia justifica el enorme esfuerzo que hemos realizado para recuperarlo -suelta el hombre con extraña autocomplacencia. 
Silencio en la sala. Al fondo, Pi.Von de espaldas a ellos, manipula algún extraño artilugio.
  • Soy el hombre más feliz de la galaxia -insiste el navegante.


  • No sé qué decirle, no tengo ni idea de quien es usted, ni por qué está tan feliz. Tampoco sé por qué sabe mi nombre. Solo soy un extranjero más en este país de extranjeros—responde Xan y se queda de pie, sin que nadie le haya ofrecido asiento y sin que él lo pida.
  • Siéntese. Soy Moaña D'Ons, capitán de esta nave. Tengo que contarle algo que le va a sorprender mucho y es mejor ir poco a poco. ¿Quiere un café? Disponemos de cafeteras italianas. Viejas reliquias
  • Humm.
Pi.Von deja la bandeja en la mesa. La cafetera moka humea, como las de la casa familiar de Xan.
  • Vayamos al tema -Moaña está algo nervioso. Sus manos se juntan hacia arriba y forman un gesto de oración hacia una deidad invisible.

Luego se calla. Chasquea los dedos como Sinatra. El ventanal deja de ser ventanal: el cielo estrellado se apaga de golpe y en su lugar queda una superficie lisa, oscura, del tamaño de la pared entera.

  • ¿Quiere ver dónde estamos? —pregunta Moaña, señalando la pantalla.

Xan mira aquello. No sabe si es más raro el chasquido, la pregunta o esa absurda pantalla negra.

  • Estamos en Nebraska
  • Eso es ahora. Quiero decir dentro de unos años.

Xan deja la taza.

  • ¿Dentro de unos años?

Moaña sonríe.

  • Muchos. Será un bonito espectáculo ver el futuro.

Chasquea los dedos otra vez. La pantalla solo muestra una escultura enorme.


Es de bronce, o de un metal oscuro que parece bronce, alzada sobre una base de piedra. 

Representa a un hombre de pie, el pulgar de la mano derecha extendido hacia arriba, como señalando un cielo que no se ve. El rostro es duro, solemne, con rasgos que a Xan le resultan familiares sin que sepa reconocerlos. Lleva algo parecido a la gorra que se olvidó de llevar con él esta noche. Los ojos glaucos miran algo que la pantalla no enseña.

  • Es usted —dice Moaña—. O lo que sus descendientes recordarán cuando piensen en usted. El fundador. El pionero. El hombre que un día tendrá una estatua en un lugar que todavía no existe.

Xan no contesta. Sigue mirando la figura, buscando algo conocido en el gesto de la mano, en el peso de los hombros, en la forma de estar de pie. No encuentra nada.

  • No se parece a mí—dice por fin.
  • Todavía no. Pero el tiempo y la historia se encargarán de tallarle los rasgos que faltan.

Moaña chasquea los dedos otra vez. La pantalla vuelve a ser ventanal.


Xan deja la taza vacía en la mesa y suelta un resoplido.

  • Si no me cree, venga conmigo. Le llevaré a dar una vuelta por el porvenir.
  • ¿Cómo es el futuro? —pregunta Xan, por preguntar algo
  • Apocalíptico 
  • ¿Y el café?
  • También.

Al fondo, algo en el casco de la nave empieza a abrirse.

Llega la luz.




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