Un gusano en la Gran Manzana
Si eres un niñato mimado, hijo de papá, arrogante, algo bobalicón y acostumbrado a que te hagan la ola al pasar, no es fácil volver a ser un don nadie en una ciudad grandilocuente. Salvo que te llames Donald Trump y tu padre te haya puesto un millón de dólares en la mano para empezar a jugar al Monopoly con material humano.
Aunque era más chulo que un ocho, Xan Touciño no era Donald Trump y llevaba una semana dando bandazos por la ciudad que nunca duerme. Él tampoco dormía demasiado en aquel cuartucho cutre del Spanish Harlem, angustiado ante la casi segura aparición estelar de algún chinche amante de los colchones.
Aquella mañana decidió bajar al Downtown. Por la zona de Little Italy y Chinatown había muchos restaurantes y seguro que encontraría manduca en buen estado en algún contenedor. No es que estuviera en situación de pobreza terminal, pero quería ahorrar sus escasos dólares para poder pagar la pensión y algo de tabaco.
Estaba por Mulberry Street cuando escuchó un tumulto en un callejón. Un tipo gordo, con ropa de cocinero, le echaba una bronca monumental a otro, escuálido y con un delantal sucio, en la parte posterior de una trattoria.
- Oh, Gennà! Ma che stai a fa’, eh? Un’altra volta con le mani nella roba? Quella pasta è per la sala!
- Ma vaffanculo, chef! Sempre la stessa storia! E io che mangio, aria?
- Non mi rompere i coglioni! Quella è per il tavolo sei! La gente aspetta, capito?!
- Capito che sei tirchio! Tutto per il padrone, niente per chi lavora!
- Io lavoro più di te, animale! Tu lavi due piatti e rubi pure! Ladro!
- Ladro io?! E il vino che ti porti a casa, eh? Ti ho visto!
- Oh! Stai zitto! Non sai con chi parli!
- Lo so benissimo! Un cuoco di merda che urla e paga poco!
- Mamma mia… dammi quel piatto subito!
- (Alzando el plato): Questo? Lo vuoi? Tieni!
Mal momento para reconocer que no había visto suficientes películas de neorrealismo italiano como para entender aquella bronca. Lo cierto es que el flacucho se largó por patas y el cocinero gordo quedó, cómicamente, sentado en el suelo, coronado con un tocado de fettuccine Alfredo, con su pasta, su nata, su queso y demás ricuras. Xan descartó de inmediato sacar partido gastronómico a aquella ocasión y optó por ayudar al cocinero a levantarse. Llegó el maître y el cocinero salió corriendo hacia la trattoria para quitarse el mejunje bajo un buen chorro de agua. El maître, sin que Xan supiera aún que era el dueño, lo miró atentamente y le soltó a quemarropa:
- You got a job? You wanna wash dishes?
- Depende.
- What?
- Vale, vale. Ok.
- Spanish? Español?
- Oh, yes.
Meses más tarde, Xan había grabado en la trattoria más discos que la CBS. Sin embargo, nada se le grabó más que aquellos rostros poco amigables que días atrás, en la fiesta de San Genaro, paseaban o se saludaban entre los puestos callejeros del barrio. No había visto mucho cine neorrealista, pero del de mafiosos podría desafiar a cualquier cultureta.
Lo suficiente para que aquella tarde tras echar un vistazo, como hacía desde que empezó su obsesión, reparase en los cinco tipos con gabardina que habían entrado en el salón privado cercano al fregadero, en un lateral de la cocina.
Demasiado atento como para no oír aquellos tres disparos que salieron del salón una hora y pico más tarde. Agitado, se asomó a la puerta en el preciso momento en que salieron del salón dos de los hombres. ¿Y los otros? No tuvo tiempo de planteárselo, aquellos individuos lo miraron de forma cruel y hasta uno hizo un gesto hacia el bolsillo de su largo abrigo. Luego se largaron con indiferencia. Xan temblando volvió a la cocina, tiró el delantal y salió corriendo por la puerta trasera. Lo habían visto. Tenía que huir de aquel infierno urbano de crueldad y sangre.
En el restaurante, el ambiente estaba más relajado. El cocinero y el dueño se acercaron al grupo restante cuando ya salía del salón y felicitaron al dentista que estaba de cumpleaños, con una pequeña y coqueta caja de bombones. En el salón, quedaron los platos sucios y las tres botellas de champán vacías. A su lado y no muy lejos, tres tapones de corcho haciéndoles compañía.


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