Sillas de matar sin vender
El autobús con destino a alguna parte salió a las seis de la mañana de la Terminal Greyhound del centro de Los Ángeles. Xan ocupaba una fila delantera, asiento con ventanilla y no dejaba de mirar afuera temiendo la presencia motorizada de aquellos matones con corbata.
Habían hecho un trato entre ellos. La policía de Los Ángeles, la LAPD y probablemente los federales, les habían echado el ojo y convenía cerrar la empresa eléctrica pantalla y desaparecer una temporada.
Llevaba la mochila entre las piernas y la mano derecha apoyada en el reposabrazos para disimular el temblor. Desde aquella noche trabajando en la iluminación de la fiesta del productor, la mano le temblaba a la menor tensión. Al cerrar los párpados, la descarga volvió a su memoria: el olor a cable quemado, el latigazo en el brazo, la caída en el jardín cerca de la piscina, y luego las luces bailando un swing delante de sus ojos. Cuando su compañero Andy, viéndole ya recuperado, le preguntó si había visto las estrellas, él respondió inocentemente que todas las de Hollywood. Andy, bocazas como pocos y con mucha guasa, difundió el apodo y quedó bautizado para siempre como el Electricista de las Estrellas.
Lo que no le contó a su compañero, es que el calambrazo físico no fue nada comparado con el calambrazo interior: ¿Qué coño estaba haciendo con aquellas banda? ¿Dónde se había metido? La verdad, era un simple títere. Un tipo prescindible en manos de sinvergüenzas que lo usaban para dar una imagen legal a sus chantajes y extorsiones. Mientras apuraba sus agobios en el bus, el paisaje pasaba indiferente entre naves industriales, palmeras y almacenes. Las estrellas, las luces y las mentiras quedaban atrás.
- Oiga, joven, lo veo inquieto. Si quiere charlamos un rato para que se nos haga más corto el viaje. Me llamo Dale Dunne y he intentando hacer negocios en Los Ángeles. Soy de Lincoln, Nebraska.
Aquel vecino de asiento, jovial y dicharachero, estiró la mano. Xan se la estrechó.
- ¿Y qué tal le fue?
- Fatal -el viejo se lo comentó casi riendo- no he vendido nada y el gobernador ni me recibió. Los magnates y gerifaltes de Hollywood, tan amigos de extravagancias decorativas, no tienen estómagos para mis cosas. Con lo bien que quedarían en su salones llenos de cachivaches decorativos o en los propios estudios de rodaje ya que tanto les gustan esos temas
La mano de Xan dejó de temblar.
- ¿Pero... que vende?
- En realidad soy más fabricante que vendedor, pero mi producto no está de moda. Quería recomendárselo al gobernador para volver a los viejos usos pero no me recibió. Me echaron los guardias de mala manera. No hay respeto para los viejos artesanos.
El viejo se ríe. Xan pone gesto interrogante.
- Lo veo intrigado. Se lo diré: fabrico sillas eléctricas. Las mejores. Roble para la estructura, cuero genuino para las correas, cobre de calidad para los electrodos. Aprendí con el mismo Fred Leuchter y ahora trabajo por mi cuenta.
- Pero no las vende -dijo Xan recobrándose de la sorpresa y ya interesado- Y ese es un problema. Quizás le falte mentalidad comercial.
- También fabrico y vendo ataúdes y con mucha demanda, aunque es un trabajo menos al menos me permite seguir fabricando sillas. De éstas tengo un gran stock sin vender. ¿Cómo conseguirlo?
- Como auténticos americanos- sonrió irónico.
- Muchacho… si me ayuda, puede acabar siendo un auténtico Stradivarius de la muerte.
- Como yo.
Capítulos anteriores
Capítulo 1: Soñador de Imperios
Capítulo 2: Un gusano en la Gran Manzana:
Capítulo 3: Escapado, enchufado, enredado
Capítulo 4: Hijos de la Apatía


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