Un ser del espacio te invita a cenar
El teléfono suena y Xan siempre está. Tiene que estar.
Ahora lleva el taller de sillas eléctricas porque el fundador ya no puede hacerlo. Impedido, sí. Pero cada vez más histérico. Quiere recuperar la silla que se apropió el juez porque era su modelo ideal para seguir componiendo.
Los Hijos de la Apatía llaman a las nueve. Todos los días. No respetan sus propios horarios laborales de fin de semana. Ni preguntan por la Nebraska 7. Quieren la siguiente. Las siguientes. El taller en marcha. Producción en cadena. Sillas nuevas. Compradores nuevos. Que corra el dólar que la crisis no perdona ni a los gangsters moteros. De los mismos árabes con los que se habían liado a puñetazos unas semanas antes. El negocio no entiende de rencores.
A las once llama el niñato del Golfo. No pregunta. Exige. No aprendió otra cosa en el internado exclusivo suizo. Hay que darle una fecha. Otra Nebraska. La quiere ya.
Dale tampoco concede tregua. Ordena, corrige, protesta. Da igual que sea el desayuno, la comida o la cena. Dan ganas de tirarlo por la escalera, como Richard Widmark a aquella mujer paralítica en El beso de la muerte.
Lea tampoco es una ayuda. Se marchó de casa con viento fresco. Ahora teme que el viento contrario de su padre, el capo, acabe trayéndola de vuelta. Quizás acabe en un convento.
Y el juez Wells Groom no se pone.
Xan necesita recuperar la Nebraska 7 y Dale insiste en que siga presionando al juez para que se la devuelva.
Todo parece que va a estallar.
Aquella noche Xan sale a caminar. Sin plan. Sin destino.
Cruza el maizal ya segado. Pasa la valla del dentista de Lincoln. La colina aparece sin que la busque.
El cielo se abre.
Sin truenos.
Sin relámpagos.
Solo un silencio raro.
Algo largo y oscuro desciende lentamente. No parece un avión. Tampoco un helicóptero. Es una nave extraña, elegante y llena de cicatrices. Los faroles azules permanecen encendidos como si acabara de atracar en un puerto extranjero. Allí donde nunca ha existido un mar.
Xan se queda absorto.
Las manos en los bolsillos para no escapar disparado
Espera.
Como quien aguarda un autobús que sabe que terminará llegando.
Se abre una compuerta.
Desciende una figura metálica de modales impecables. Lleva una servilleta doblada sobre el antebrazo, como camarero a la puerta de un restaurante de lujo. Antes de hablar, se acomoda en el cuello una especie de... ¿pajarita? Demasiado confuso.
—Buenas noches. Disculpe la hora... y el aterrizaje. Soy Pi.Von, robot mayordomo del Burlador de Hebillas. Mi señor desea saber si le apetecería subir a tomar algo.
Xan mira el taller.
En el cuarto de Dale sigue encendida una luz.
Luego mira la nave.
Le llega un ligero aroma a café y bollos. Quizás hasta churros. Su estómago se lo recuerda.
No tiene nada mejor que hacer.
- Supongo que no.
Pi.Von se hace a un lado.
Inclina levemente la cabeza.
Xan sube por la escalerilla y la compuerta se cierra.



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