12 julio 2018

Pato patógeno

En un lugar de la charca, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un pato hidalgo de los de lengua de avispero, solera antigua, perfil enteco y por lo demás, poco laborioso. Aunque debiera esforzarse en comer como sus congéneres salvajes - plantas, vegetales, insectos o semillas - se había aficionado a zampar de gorra y sin esfuerzo las migas de pan o las palomitas que los transeúntes humanos le tiraban a sus dominios en el estanque.
Quizás fuese la pobreza de su dieta que había debilitado sus alas y le impedía volar. Quizás fuese la cochina envidia al ver que su hermano pequeño, el escuálido, se había convertido en un enorme cisne elegante con pretensiones de grandeza. Quizás fuese una cosa u otra o que las dos conjuntas le afectaran a la cabeza convirtiéndole en un caso clínico de pato patológico, lo cierto es que cogió una enorme manía a la charca y a todos sus habitantes.
Transformado en rebelde con causa,  se pasaba el día bramando denuestos a diestro y siniestro, aunque respetando las pausas necesarias cuando advertía la llegada de algún visitante provisto de vituallas. Cuando éstos le daban la espalda volvía y revolvía en su manía difamatoria.
"Los humanos, esos miserables carceleros que me tienen enclaustrado en  esta poza inmunda sin dejarme volar a otros mundos mejores".
"Los patos, esos mindundis domesticados, acobardados y sin cerebro incapaces de soltar un huac más alto que el del vecino, por miedo a que algún renacuajo se lo tome a mal".
Con todo, sus mayores y más suculentas injurias iban dirigidas al hermano traidor.
"Tú, pedazo de cisne miserable,  que hace dos días estaban conmigo chupando  mierda en esta jodida charca y que eras más feo que un sapo echando un esputo. Tú, rastrero infeliz, haciendo cogollo con tus amigos pajarracos, exhibiendo tus blancas plumas de pijo y mirándome altivo, desde arriba de ese cuello tan largo como un mes sin migas de pan. ¿Acaso te crees mejor que yo, figurín? Ya te vale. Ándate con cuidado, anátida, que si algún día me cansas, te hago un nudo marinero en ese pescuezo de culebra con acromegalia y adiós". "Eres un puto pato vendido"
Aquel día se quedó muy relajado tras soltar su habitual andanada. Luego miró a la izquierda, miró a la derecha, miró adelante y miro atrás. Quería asegurarse de que nadie hubiera oído o descifrado sus graznidos y quedó tranquilo. Entonces le llegó un chorro de luz. Miro al cielo y tuvo tiempo de observar como la luna llena se escondía pudorosa detrás de una nube.
"Maldita cotilla presumida  ¿También tú te crees importante por que estás ahí arriba y  luces mucho?" "Pues a mí no me impresionan tus estúpidas galas de escaparate"
Giro en redondo con gesto orgulloso y se fue a resguardar tras los cañaverales.

3 comentarios:

  1. Esto es un morro de pato en toda regla. El mal humor es por la alimentación. Demasiado pan con palomitas..

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  2. Nuestro patoso héroe es multifacético. Por un lado se comporta como un pato supremacista; por otro es el típico que culpa a los demás de todo lo malo que le pasa; además, persigue –y consigue- beneficios por encima de lo que le corresponde. Sin embargo, todo lo anterior no es suficiente como para que sea medianamente feliz: es un jodido amargado tocapelotas. Vamos, lo que te encuentras habitualmente encarnado en un funcionario del Catastro. Patético.

    Saúde.

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  3. Triste vida la de quien solo en la queja encuentra consuelo. A veces perdemos de vista que son las emociones y las frustraciones personales las que conforman nuestras ideas o ideologías. Y que basta con convertirse en cisne para que lo que antes nos parecía horrible e injusto, ahora nos parezca maravilloso. Un relato del que se pueden sacar muchas conclusiones. Un fuerte abrazo, doctor!!

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