15 abril 2007

El aire de la niñez / Vicente Verdú

(El País 12-04-2007)

Conseguir ser uno mismo pertenece al mundo de la dignidad, pero poder ser cualquiera corresponde al universo de la divinidad. El juego de la infancia explota la personalidad sin madurar para paladear el vaivén de sabores en ciernes. Pero también la incorporación del adulto a un avatar de los videojuegos no sólo devuelve el aire de la niñez, sino el artefacto mismo de la infancia. La identidad parecerá un atributo elegante en el mundo social, pero pesa tanto como el acero. Y más aún si pretende mantenerse inoxidable obedeciendo la consigna de llegar a ser el que se es. Hoy, sin embargo, pocos se consideran satisfechos llegando a ser el que supuestamente se es. La metafísica prometía importantes recompensas de cumplir con la misión de forjarse según la inscripción del Creador, pero hoy casi todo el mundo desea cambiar, cambiarse, viajar y experimentarse en alguien diferente al que conoció en sus comienzos. Ideológicamente, la vida ha ido dejando de ser como un camino de perfección para imaginarse como un parque o un laberinto. Lo propio, en fin, de la cultura de consumo no consiste en un solo modelo de vida, sino en varios cambiantes, flexibles y susceptibles de redecoración. De este modo, ser individuo en el sentido indivisible ha caducado. Nadie quiere convertirse en algo compacto y final, sino en el explosivo capaz de producir impactos en muchas e imprevistas direcciones. Para estos deseos dinámicos nace el avatar.Por el avatar se accede a la peripecia de una personalidad que por su misma ajenidad e intrascendencia convierte el pasaje en la fuga perfecta. El avatar nos esfuma y nos reemplaza. No hace de nosotros un yo de mentirijillas, sino que nos desmiente. El gran poder de Dios coincide con su surtida omnipresencia, bajo la forma de un animal, de un alimento, una piedra o un arbusto. Dios se disfraza para ser grande. Los niños fundan también su desafío reproduciendo el poder omnímodo del ser y no ser a un tiempo, parecer una cosa siendo otra, rellenar la apariencia de un bulto cambiante. El equívoco es el pilar del póquer, del cortejo, del precio, del baile, del disfraz, del milagro, y la máxima novedad del avatar radica en su alto grado de verosimilitud con su efecto real en la ilusión de la vida. En general no somos ya sólo lo que elaboramos o producimos, sino lo que consumimos y jugamos. El mundo de la identidad no se decide principalmente en el quehacer, sino acaso en ese plazo donde llamábamos ¿de no hacer nada?. En ese ocio ahora nos chalamos, nos pensamos, nos recreamos y quién sabe si, al cabo, con los niños del limbo, felizmente nos desvanecemos.

1 comentarios:

  1. Me gusta este periodista/escritor. Su libro "El planeta americano" (Anagrama) sobre USA es muy interesante. Sobre todo para los que tienen curiosidad por este polémico Imperio.
    Un cordial saludo, Dr. Krapp

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