El Stradivarius de la muerte
Daba puro placer contemplar como Dale fabricaba y acicalaba sus sillas eléctricas. A Xan le gustaba observarlo desde lejos, sin intervenir, como inquieto y discreto aprendiz.
Había adaptación mutua: el viejo le daba a Xan comida, casa y aprendizaje y Xan le daba a Dale un confortable colchón económico, -vía Hijos de la Apatía-para seguir con sus artesanías y sus manías. Porque el viejo era un maniático de mucho cuidado, tanto con sus cosas, como con su taller.
Xan se encargaba de las compras en Lincoln, que estaba a solo 6 millas e intentaba ayudar a Lucy, la mujer que se encargaba de la casa y que no las tenía todas consigo desde la llegada de aquel extranjero que había traído el sillero en uno de sus viajes a California.
Xan se encargaba de las compras en Lincoln, que estaba a solo 6 millas e intentaba ayudar a Lucy, la mujer que se encargaba de la casa y que no las tenía todas consigo desde la llegada de aquel extranjero que había traído el sillero en uno de sus viajes a California.
Un día cambió todo. Dale había ido a la ciudad en busca de material y Xan decidió echar un vistazo a lo que se cocía en el taller. En una esquina lejana, debajo de una sábana, encontró aquella obra maestra.
La silla de Dale no era como las otras. Las de las prisiones estatales parecían muebles de oficina: funcionales, anodinas, madera barata y los electrodos en su sitio. Esta era otra cosa. Ébano, marfil y unas volutas doradas que parecían sacadas de un órgano de iglesia. Las correas de cuero oscuro no sujetaban: envolvían. Xan nunca había visto tanto mimo puesto en una máquina de picar carne. Parecía que el viejo hubiera querido que el tipo, antes de irse, se sentara por un momento en un trono.
- ¿Qué haces aquí? ¿Qué estás viendo? Ya te he dicho que no me gusta que la gente hurgue por el taller sin que esté yo.
- Pero es que es una joya.
- Claro que lo es. Es una joya. Es una hija. Nebraska 7 no está a la venta.
Tras la llegada ruidosa de la banda moteril, hubo desbandada en el corral. Dickie, capitán del grupo, señaló a Dale y lo invitó, brazo en cuello, a acompañarlo al cuartito inmundo donde el viejo tenía su despacho.
Dos horas más tarde, tras gritos y susurros, un compungido sillero y un feliz motero salieron del cuchitril. Había comprador para la hija de Dale.
Llegó el día y la romería. El polvoriento patio de la casa se llenó de coches italianos. De uno de ellos, bajó el último hijo prodigio de un lejano emirato del Golfo. Hasta las gallinas fueron a saludarlo. Frisaba los veinte. Era un chicuelo delgado y enjuto, pero se daba aires de solemnidad y prosopopeya.
El sótano relucía aquella mañana, Lucy se había esmerado y no le molestó la ayuda del extranjero. Fue éste quien se allegó a la casa del reverendo para pedirle el sillón que usaba el obispo en sus visitas.
Empezó la reunión. De pie estaban Xan y Dale, Dickie con otros tres moteros y el jeque, que se mostró muy ufano cuando se vio sentado en aquel sillón de obispo cristiano. Xan hizo una somera presentación del aparato. Señaló sonriendo el cable desconectado a los presentes.
Empezó la reunión. De pie estaban Xan y Dale, Dickie con otros tres moteros y el jeque, que se mostró muy ufano cuando se vio sentado en aquel sillón de obispo cristiano. Xan hizo una somera presentación del aparato. Señaló sonriendo el cable desconectado a los presentes.
De repente, un ruido en el patio les distrajo: un guardaespaldas del jeque se enfrentaba a un motero que se quería llevar un conejo.
- Allá ellos- soltó un despreocupado Dickie.
Sonó una descarga.
Capítulos anteriores
Capítulo 3: Escapado, enchufado, enredado
Capítulo 4: Hijos de la Apatía
Capítulo 5: Sillas de matar sin vender



Ante la posibilidad de perder algo algunas personas prefieren desaparecer ellas...
ResponderEliminarEs extraño, casi todos los creadores de instrumentos de tortura y ejecución ,murieron por sus propias obras.. no sé si es justicia poética o algo romántico.
¿Das por hecho que es una especie de suicidio? ¿No contemplas otra posibilidad?. Esa idea explotada por muchas ficciones tanto literarias, comiqueras o cinematográficas ciertamente tiene un alto contenido romántico, quizas desde el Frankenstein de Mary Shelley.
EliminarHola, Krapp.
ResponderEliminar¿Casualidad, error humano, megalomanía post-mortem? No sé, un suceso caótico y extraño que no parece resultado del azar. Esto supone un antes y un después en la historia. No sé. Como que los moteros me chirrían...
Pobre Xan, en lo que se ve envuelto.
La descripcion de la silla, la situacion, etc, está muy logrado.
Un abrazo
Sí hay algo caótico en todo este batiburrillo, habrá que encontrar una salida del laberinto. Los moteros son obvios en su desmesura.
EliminarMuchas gracias.
Un abrazo
Después de haberse "librado" un poco de los moteros, y de, en su cabeza haber reflexionado que solo lo "utilizaban", Xan vuelve a recurrir a ellos. Bueno, imagino que vender la silla es prioridad. La última escena no da buena espina, creo que el pobre inventor acabará frito por su propio invento. Seguimos acá Dr. Krapp en espera de más... Abrazo fuerte.
ResponderEliminarLa cuestión de los moteros es ambigua. ¿Huía de ellos o hubo orden de desbandada general al sentirse perseguidos por la policía?
EliminarEn todo caso, la posibilidad de una ganancia o la necesidad de quedar bien con ellos puede hacer el resto.
Gracias, Ana
Un abrazo
Creo que Xan ha traicionado al pobre Dale: si él no la quería vender, lo lógico hubiera sido respetar su decisión. Quizá ese final que todos nos estamos imaginando sea en parte una venganza. Por cierto, muy sintético y ajustado ese resumen poético que te has marcado. Y muy patriótico, también.
ResponderEliminar¿Es Xan buena persona? Recordemos que venía de una familia de narcos y que él mismo aunque con torpeza participaba en el negocio familiar.
EliminarNo descartamos la posibilidad de una venganza o cualquier otra cosa.
No soy un gran poeta, quería imitar el estilo de los romances de ciego que era la única literatura popular al alcance de muchos.
Ja, ja, ja, alguien se va a cocer en esa silla...
ResponderEliminar¿Peor que el calor de estos días por el Noroeste de la Península?
EliminarFreirte el culo solo por saber cómo funciona la maldita silla no me parece buena idea, pero ya se sabe, están locos estos gringos
ResponderEliminarLos artistas son orgullosos y a veces no les basta con simular. Aunque claro ¿el happening lo montò el propio artista?
EliminarLa unión hace la fuerza, todo ya eran aleluyas pero siempre tiene que haber algo que chafe la historia : como se siente el pobre Dale, que es el dueño de esta creación...Con lo que habían conseguido, un buen inversor llegado del lejano Oriente.
ResponderEliminarEl poema me encanta y estoy volviendo a leer en gallego, después de muchos años, cuando pasé por Sargadelos.
Un abrazo Doctor
Si no fuera por esos sustos que salpimentan las historias todo sería más aburrido. Me temo conflicto inmediato.
EliminarGracias por lo del poema, es un complemento de la historia. ¿Estuviste en Sargadelos o viviste allí? Ahora no está pasando por su mejor momento.
Un abrazo, Bertha.
Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero un descarga suya es más que suficiente.
ResponderEliminarSaludos,
J.
Todo va bien aunque se usen WC ajenos, si luego puedes tirar de la cadena.
EliminarTendré que empezar desde el principio, así que intentaré valorar desde la primera entrega.
ResponderEliminarMe ha encantado, pero ya diré. Saludos
Son cortitos, no te asustes. La saga de un tipo que va desde su cuna a un lugar insospechado e inédito.
EliminarMuchas gracias.
Saludos
Me gusto mucho tu relato. Te mando un beso.
ResponderEliminarMuchas gracias.
EliminarUn beso
RESULTA DIFÍCIL PARA EL ARTIFICE SEPARARSE DE LO QUE CONSIDERA SU OBRA MAESTRA. SALUDOS Y FELICITACIONES HERMANO.
ResponderEliminarOswaldo, cuanto tiempo.
EliminarSi no lo sabremos nosotros tan apegados a nuestros blogs aunque no se trate de ninguna obra maestra, es obra nuestra.
Saludos y gracias.