06 marzo 2007

La pérfida estética del dolor


No, no me sorprendieron aquellas lágrimas que se precipitaron por su rostro. Era el efecto deseado. Lo había previsto. Ahora podía disfrutar a mis anchas de la escena. ¡¡Qué bella estaba!!. Sus ojos parecían la superficie fosforescente de uno de esos estanques japoneses salpicados de nenúfares y plantas. Quizá Monet podría entenderme. En su dolor, mi amor crecía. Sí, ya se que puede parecer una jugarreta recurrir al dolor ajeno para provocar un efecto estético, pero sus húmedos frutos estaban delante de mí, haciendo juego con las singulares armonías de aquel estrafalario pub londinense repleto de pretenciosos cachivaches victorianos. Ella sufría, pero yo era inmensamente feliz. Lo que puede dar de si un simple anónimo, con una texto infame, colocado en el momento adecuado. Indescriptible. Ni el mismísimo Oscar Wilde lo mejoraría. ¡Que hermosa es la estética del dolor! Cuando reímos, con nuestras mejillas hinchadas, parecemos monstruos repugnantes salidos de alguna sórdida cloaca. Cuando lloramos, ay cuando lloramos, somos como dioses del Olimpo en un mundo ajeno y miserable. Ella era la perfecta diosa del llanto. Sus lágrimas pausadas, su tez aristocrática apenas enrojecida y ese brillo en la mirada que iluminándolo todo parecía que me iba a absorber. Me dieron ganas de decirle lo bien que lo estaba haciendo, pero me contuve, ya que me sonaba un poco obsceno. Rápidamente dobló el papel y lo introdujo de nuevo en el sobre. Que pena, al final me dedicó una de sus más bellas sonrisas.

1 comentarios:

  1. Sí, el dolor es bello. Y se corre peligro de adorar la perversión de contemplarlo.

    No es sólo un efecto estético, es algo más, es una transfiguración, solo un rostro que sufre puede adquirir mil matices que no alcanzará jamás con la felicidad.

    Los más grandes pintores, se extasiaron con el dolor.

    La felicidad es chabacana. Por eso es tan inalcanzable. Porque la chabacanería no nos gusta. Siempre hay una aspiración de estar en un peldaño sublimado.

    Y dolor sublima al ser más elemental.

    Regodearse en la contemplación del dolor puede ser, no sólo una perversión, que lo es sin duda, sino además una forma de amor.

    Amar al que sufre.

    Ese rostro compungido puede ser capaz de captar, como un faro en lontananza, cualquier atención, por distraída que estuviera, que conseguiría nublar la más chirriante y evidente alegría.

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