28 abril 2006

El Sr. Crítico y el Coro Popular

EL SR. CRITICO:
- ¿Tarantino? ¡¡¡Uff, Tarantino!!!!. ¡¡¡Uauuuu!!!. Impresionante, Tarantino. Genial, Tarantino. Espectacular. Monstruoso. ¿El futuro? Tarantino
CORO POPULAR:
- Sí, sí. Impresionante, Tarantino. Genial, Tarantino. Espectacular. Monstruoso. El futuro…es de Tarantino. ¡¡¡Viva Tarantino!!!
EL SR. CRITICO:-Bueno, quizás no.
CORO POPULAR:-¿Nooo?
EL SR. CRITICO:
-Su última película pse, pse…
CORO POPULAR:-¿Tarantino, pse, pse?
EL SR. CRITICO:- Sí, pse, pse.. Tarantino tiene estilo. Tarantino tiene talento. Tarantino está bien. Bah, sí, pasable. Soportable, aunque reciba demasiados elogios
CORO POPULAR:
-Sí, sí, está bien pero recibe demasiados elogios. Tarantino tiene estilo. Tarantino tiene talento. Sí, pasable. Soportable 

EL SR. CRITICO:
-¡¡¡Insoportable!!!
CORO POPULAR:
-¿Insoportable?
EL SR. CRITICO:
-Sí, sí. Tarantino es un invento de los críticos. Un bluff. Tarantino es un fraude. Tarantino no es nadie. Ahora todos hablan de Tarantino, no puede ser bueno.
CORO POPULAR:
-Todos hablan de Tarantino, no puede ser bueno.
EL SR. CRITICO:
-Nadie del que se habla tanto puede ser bueno
CORO POPULAR:
-Nadie
EL SR. CRITICO:
Además se repite…Nadie que se repita tanto puede ser bueno
CORO POPULAR:
Nadie

21 abril 2006

Soy un grande y noble duque

El jazz, esa música nacida en los pasacalles y lupanares de Nueva Orleáns, se convirtió en un lenguaje musical autónomo gracias en parte a la genialidad de un niño pijo de Washington que respondía a un nombre con pocas resonancias afroamericanas: Edward Kennedy Ellington.
El Duke, apodado así por sus buenas maneras y su elegancia en el vestir, era vástago de la muy incipiente burguesía negra de la capital federal donde recibió clases de piano desde su más temprana infancia. Frente a Armstrong, el hombre que revalorizó el papel del instrumento solista y la improvisación hasta niveles nunca antes vistos, Ellington se caracterizó por ser el hombre que supo equilibrar de forma magistral la vertiente individual y colectiva del jazz rompiendo con sus composiciones y arreglos las fronteras entre música clásica y música popular.
A principios de los años 20 , Duke intenta la aventura de Nueva York, formando parte de la banda Washingtonians. Muy pronto el líder del grupo, Elmer Snowden, decide abandonarlo asumiendo Ellington la dirección del mismo. Con un contrato estable en el club Hollywood, la banda empieza a alcanzar cierto éxito alentada por la retransmisión de sus conciertos por la radio. Es entonces cuando entran a formar parte de la orquesta algunos grandes interpretes del momento: el trompetista Bubber Miley, inventor de la sordina wa-wa; el trombonista Joe Nanton y Harry Carney, para algunos el mejor saxo barítono de la historia. En el año 1927 la banda se convierte en el grupo estable del famosísimo Cotton Club de Harlem, donde la burguesía y el hampa de altos vuelos de Nueva York aliviaba su stress en plena época de la prohibición. Fue allí donde el Duke inventó el Jungle Stile aprovechando el dudoso gusto de los blancos por la imagen tópica del negro de la selva. En esa época se incorporan a la banda otros grandes músicos como el saxofonista alto Johnny Hodges, el trompetista Cootie Williams o el trombonista Juan Tizol. Allí la orquesta de Duke Ellington alcanza su primera madurez convirtiéndose con la calidad y riqueza de su música en la más importante banda del momento. En los años 30 y a pesar de la feroz competencia de las nuevas bandas blancas de swing como las de Benny Goodman, Glenn Miller, Tommy Dorsey etc...,o las negras de Jimmie Lunceford, Chick Webb y más adelante la de Count Basie, la orquesta sigue desarrollándose y ampliando su espectro musical gracias a la inmensa calidad de sus músicos a los que Ellington siempre supe sacar el mejor partido incorporando sus ideas, dándoles libertad en sus improvisaciones e incluso homenajeándoles al componer él mismo obras específicas dedicadas a sus mejores solistas. A finales de los años 30 entran en la orquesta tres figuras clave: Jimmy Blanton, auténtico revolucionario del contrabajo en el jazz a pesar de su temprana muerte con tan sólo 21 años, el extraordinario saxo tenor Ben Webster y Billy Strayhorn pianista, arreglador y mano derecha de Duke Ellington hasta su muerte. En 1943 Duke inició una serie de conciertos anuales en el Carnegie Hall que Ellington aprovecho para estrenar su primera obra larga: Black, Brown and Beige de gran éxito lo que le incentivó a repetir con este tipo de composiciones. Con todo, los años 40 y la primera mitad de los 50 fueron muy duros para las bigs bands en general y la Orquesta de Duke Ellington en particular. La Segunda Guerra Mundial, la huelga de grabaciones, los nuevos gustos musicales con el nacimiento de la nueva música de baile y en el terreno del jazz del be-bop provocaron la salida de los solistas claves de la banda y aunque la orquesta siguió funcionando con regularidad sobrevivía a duras penas gracias más a los derechos de autor que generaban las viejas composiciones que por las actuaciones en vivo de la banda. A mediados de los 50, la banda se revitaliza con la vuelta de Johnny Hodges y la incorporación de músicos de la talla de los trompetas Clark Terry y Cat Anderson y del saxo tenor Paul Gonçalves. Este último será en parte culpable del nuevo boom de la banda tras la memorable actuación en el Festival de Newport de 1956 que volvió a llevar a la orquesta a niveles de éxito no alcanzados desde la época del swing. En los 60, Duke Ellington optó por experimentar con estilos musicales cercanos a la música clásica: música sacra, suites o bandas sonoras aunque sin desaprovechar la ocasión de grabar discos con las nuevas estrellas emergentes del jazz caso de John Coltrane o Charlie Mingus. Fue una época también marcada por la muerte de Billy Strayhorn su más estrecho colaborador. Tras unos primeros años 70 sin pena ni gloria, el Duke muere de cancer en el año 1974. Es el final. El final de una vida dedicada a enriquecer el acervo musical de la humanidad desde el denostado concepto de música popular. Más de 2000 composiciones que transformaron conceptos, reventaron estupidas fronteras musicales y cuya influencia ha marcado a sucesivas generaciones desde los legendarios años 20 hasta ahora mismo. Y todo por el empeño de un jovencito mimado de Washington que dijo una vez siendo niño: "Soy un grande y noble duque, y la gente acudirá a mi"

04 abril 2006

¿Quién teme al feroz predicador?

A nuestros queridos bienpensantes -por favor, no más esa horrorosa expresión de “políticamente correctos”- nunca les han gustado los cuentos de hadas. Ellos, proteccionistas filántropos por antonomasia -especialmente de los grupos que no lo necesitan o si lo necesitan, es de otra manera- se asustan al pensar en el efecto nocivo del Hombre del Saco, El Sacauntos, la Bruja Piruja o el Ogro Tragaldabas. Es verdad que muchos especialistas han resaltado los valores de los cuentos clásicos en la educación infantil; pero ellos, a pesar de todo, no pueden librarse de ese molesto comecome que les sugiere, desde el tabernáculo de su azotea, la idea de que las mentes infantiles son territorio fértil y propicio para toda clase de perversiones. La Noche del cazador (The Night of the Hunter, Charles Laughton, 1955), es el pluscuamperfecto cuento de hadas del Hollywood clásico. En un universo de westerns en cinemascope, peplums suntuosos, melodramas coloristas o oscurísimas películas de cine negro, se presenta como una rara avis; una pieza de orfebrería inusual y extraña que rompe los moldes ortodoxos de la política de géneros. ¿Cómo no recordar a ese ogro depredador mataseñoras vestido de reverendo bajo los pétreos rasgos de Robert Mitchum? ¿Cómo no asombrarse de ese mágico viaje nocturno de los niños a través del río? ¿Cómo no sentirse protegido por Lilian Gish, eficiente mamá gallina? 
La película es una llamada a nuestras sensaciones más primarias, las que surgen de las capas más profundas de nuestro cerebro y como tal, se nos presenta como una reflexión sobre la psicología humana mucho más auténtica que los mamotretos psicoanalíticos tan de moda en el cine de la época. 
Imágenes que reposando tan abajo, perviven para siempre. Lo mejor que puede ofrecer el mejor cine.