28 septiembre 2014

Disputado voto en el poblado chabolista

Mel y Ton estaban inquietos aquella mañana. En sus tres meses de voluntariado nunca les había tocado visitar un poblado chabolista pero La Verdad debía llegar incluso a los rincones más desfavorecidos. Contemplaron desde arriba aquella acumulación de precarias y abigarradas viviendas fabricadas con tablas de madera, plástico y uralita. Estaban tan juntas, que más parecían caravanas de colonos convertídas en improvisadas barricadas para defenderse de las acometidas de los indios
¿Quiénes eran los indios para aquellos habitantes del mismísimo infierno?
 Mel y Ton miraron a todas partes esperando encontrar algo peculiar y autóctono en aquella poblada desolación. No lo había. Podrían estar en una villa miseria de Buenos Aires, en una favela en Río, en un bidonville de Dakar o en un shanty town en Karachi. Respiraron a fondo y bajaron por un camino de tierra seco en aquel otoño primerizo y llegaron hasta la primera casa. Oyeron chillidos de niño, ruidos de cacharros y una ronca voz femenina pidiendo silencio. Ton golpeó la puerta con los nudillos y junto con su compañera, se puso a esperar la respuesta visiblemente ansioso. La mujer gorda que les abrió la puerta quizás fuera joven, pero no aparentaba menos de 60 años en sus rasgos gastados y sombríos. Más allá del umbral, detrás de ella, un niño jugueteaba medio desnudo en el suelo de tierra.
  • ¿Qué quieren? ¿Son los del Banco de Alimentos? Ya tengo a mi hijo trabajando en el súper de repartidor. Espero que con lo que gana tengamos para comer todos. Tengo seis hijos y estoy sola, pero nos arreglaremos muy bien. Seguro.
  • No, no somos del Banco de Alimentos. 
  • Ah entonces serán de la asociación esa de la parroquia. Gracias pero no necesitamos nada como les he dicho. Mi hijo trabaja desde hace un mes y no estamos necesitados. 
  • No, no somos de ninguna parroquia. En realidad estamos yendo por las casas para...
  • ¿No serán inspectores escolares o de la Asistencia Social?. Mis niños van todos los días al colegio y la que está hoy aquí es porque tenía algo de fiebre y tosió durante la noche. 
  • No, señora no. Venimos por otra cuestión. Estamos recorriendo las casas para pedir el voto favorable en el referéndum por la independencia. ¿Suponemos que estará enterada?
  • Algo me suena, pero me da igual. Los que quieren la independencia son los mismos que están gobernando ahora y en ningún momento hemos dejado de ser pobres como ratas. En cambio ese señor que estuvo tantos años...
  • Las cosas cambiarán si gobernamos desde aquí mismo. Al no tener que repartir nuestra riqueza con otros territorios con menos recursos, podremos dedicar una mejor atención a los nuestros. Sus hijos tendrán buenas oportunidades para estudiar y habrá sanidad asequible para todos.
  • Claro, ...y comeremos todos perdices. Ese es el cuento de la lechera y lo saben. Además le digo una cosa, mi hijo trae todo el dinero a casa y lo junta con lo poco que sacan sus hermanos vendiendo cartones. Gana mucho más pero no le importa repartirlo con su familia, con sus hermanos y su madre. Somos su familia, joder, él tiene trabajo y ellos no,  pero podría ser al revés y le gustaría que le hicieran a él lo que él hace ahora por los suyos. ¿Por qué los políticos no piensan  que pertenecemos todos a una misma familia y  dejan de dar la matraca con sus países, banderitas y mandangas?  Todos somos distintos pero todos somos iguales. No sé si me entienden.
  • Vale, no la vamos a convencer, está claro. 
  • Y aunque me convencieran, tampoco podría votar.
  • ¿Es extranjera? Aquí tienen tarjeta sanitaria hasta los inmigrantes sin papeles.
  • No soy extranjera, pero tampoco estoy empadronada. Los de este poblado somos errantes. Hoy estamos aquí, mañana allá.
  • ¿Entonces por qué nos hace perder el tiempo miserablemente?
  • Porque me gusta escuchar las cosas bonitas que sueñan otros. Aunque solo sea un sueño imposible y pare ellos solos, los que creen que tienen futuro. Es todo tan triste aquí en las chabolas.

18 septiembre 2014

Cuando se rebela el Toro de la Vega


Algo no había funcionado bien en su última reencarnación. ¿O quizás era la primera y por eso le extrañaba tanto? Sea como sea, mantenía los recuerdos de su anterior vida humana aunque ahora fuera un hermoso toro bravo corriendo libre por la dehesa. 
Dicen que los elegidos recuerdan todas sus vidas pasadas, pero él había degenerado de humano a bóvido y ese descenso del karma no debía ser habitual entre los predestinados al nirvana. 
Más bien el suyo era un karma cabrón que se choteaba de su antigua condición de taurófilo militante convirtiéndolo en un hermoso retinto, semicareto, bragado y astifino, comedor insaciable de pasto y paseante chulesco entre la manada que lo tenía por líder; por mandón, como dicen los mayorales. Había costado lo suyo llegar allí tras superar tan insoportables pruebas y si lo había conseguido era atribuible tanto a su propia fortaleza como a aquella malicia humana que todavía conservaba en su mente. 
A los seis meses destete, afortunadamente por las buenas, no hubo que echar alquitrán a los pezones de su madre para conseguirlo. Un momento triste que se convertía en agónico cuando llegaba el salvaje herraje sobre la piel y el corte transversal en las orejas, marca de la casa. Luego la separación de las hembras. La falsa independencia. El buscarse la vida luchando día a día, hora a hora por la supremacía con otros añojos y erales 
A los dos años la tienta, donde para probar su bravura fue acorralado, humillado, maltratado y finalmente torturado por un seboso picador. Aguantó siete pullazos brutales y demostró ser un animal noble, o sea bobo, apto para el engaño y digno de ser toreado en una plaza importante. La cacareada vida feliz del toro de lidia es un horroroso camino por la supervivencia entre hermanos a los que debes doblegar y someter si no quieres a su vez ser doblegado y sometido. Los débiles, los que se rinden, los que ya no pueden más, son violados y arrinconados por el resto de la manada. Sangre, dolor y muerte sin espectáculo que lo ennoblezca.
Dos días atrás fue apartado del resto y pensó que al fin sus males tendrían curación. Quince minutos de trance en el ruedo y a otra cosa mariposa. Seguro que hay vidas menos gloriosas pero más vivibles. Al menos en su caso todo sería rápido y breve.  Casi estaba alegre y calmado hasta que esta mañana se enteró del alcance de su tragedia: lo han destinado a ser el nuevo Toro de La Vega. Se lo oyó a los mayorales  mientras lo miraban desde sus caballos con cara compungida. 
No, no puede ser. Tiene que evitarlo. Por eso se dirige trotando a ese cuatreño zaino que tanto envidia su puesto y siempre lo mira con cara de odio. Sabe que el aspirante se siente orgulloso de sus astas afiladas, mejor dejarle que hagan su trabajo. Ya es tiempo de morir.   

10 septiembre 2014

Así revientes, Antonio

(Retomando una entrada del 2007)
Así revientes, Antonio.
Tú sigue cagándote de miedo en esa parada de las afueras tan oscura que en cualquier momento te puede aparecer por ir un colgado echando las babas y te rebana el cuello como quien rebana un bollo de pan y te deja tirado en un charco de sangre que manchará la tapicería del coche aunque a ti penitas, que estarás muerto y el puto patrón ya no te podrá echar la bronca por haber manchado con sangre -tu sangre, Antonio- la jodida tapicería del taxi. Que se acabe la vida de una puta vez, maldita sea tu suerte de asalariado del taxi tragando madrugadas, mientras la parienta como una marquesa, marquesa del carajo, sigue tirada en la cama soñando con algún galán de cine que la saque de las tristezas de la vida y de la compañía de un marido ignorante, cabrón y machista que ignora las sutilezas y le huele el aliento.
Así revientes, Antonio.
Muere asfixiado por el tráfico, las obras, los municipales que no se enteran, las motos de los repartidores, los autobuses urbanos, los buses escolares. Como en el que iba tu chiquillo, Antonio. Ahora tendría 7 años y sería semejante a esos otros que hacen como que juegan pero no juegan que están delante las mamás y no está bien que les confundan con los pequeñitos de primero y segundo tan inconscientes en sus niñerías.
 Así revientes, Antonio.
 Te gusta el fútbol pero no puedes verlo. Cuando juegan el miércoles, tienes trabajo doble llevando y trayendo a la gente al estadio mientras ruge la multitud adentro y afuera, en los bares atestados. Ni siquiera por la tele, Antonio. Y luego llega el fin de semana y tienes que ir al pueblo para visitar a la familia de la mujer y ayudar a recoger las patatas en la huerta, o poner buena cara cuando tu suegra, mal rayo la parta, te da el consabido pan de centeno y la verdura de todas las visitas. Con lo bien que estarías levantándote tarde, leyendo el periódico en un parque o dando una vuelta por el Paseo Marítimo ahora que estamos en primavera y el domingo por la mañana no tendrías que morir asfixiado por el tráfico, las obras, los municipales que no se enteran, las motos de los repartidores, los autobuses urbanos, los buses escolares. 
Imagina, que imaginar es barato: un rape a la cazuela, un café con su aguardiente de hierbas y luego ir al estadio a ver el partido. A la salida unas cañas con los amigos, para llegar a tu casa, ya de noche, un poco más contento de lo habitual. Pero no, Antonio, no, eso no es lo tuyo. Tú tienes que estar los domingos con esa parentela de la aldea que te miran con aire de superioridad porque tienen diez vacas y doce ferrados de tierra. Callados, resignados, sumisos y siempre hablando de lo mismo: 
¿Xa pensáchedes que imos facer coas terras que deixou a avoa? 
Pois contan que a Martiña deixouna preñada un camioneiro e os pais non queren saber nada da condenada. 
Que sí que non, que na capital vivides moi ben e non  coñecedes os padecementos da xente do campo
Así revientes, Antonio
 Tu mujer se levanta a las nueve y va a aprender a nadar a la piscina municipal y luego queda con las brujas esas que pasan el tiempo hablando, siempre mal, de sus hombres o comentando cosas del nuevo novio de Belén Esteban. La partida de cartas, la visita diaria al Centro Comercial, por la tarde el curso de yoga en la Asociación de Vecinos y tú siempre en el mismo taxi que ni siquiera es tuyo y con las mismas camisas que todas las noches echas sudadas en la lavadora luego de morir asfixiado todo el día por el tráfico, las obras, los municipales que no se enteran, las motos de los repartidores, los autobuses urbanos, los buses escolares. 
Sí, Antonio, sí, el niño era un renacuajo de ojos enormes. Con ellos estaba aprendiendo a conocer el mundo y tú lo paseabas orgulloso en su coche, suyo de verdad no como tu taxi, mientras las cotillas del barrio te paraban para hacerle carantoñas 
Qué hermosura de niño, como se parece a su padre. 
¿Qué dices? si tiene los ojos de su madre. 
Es lindo de verdad, me recuerda a su abuelo que en paz descanse.
Pronto descansó el niño, Antonio, y las mismas cotillas del barrio hacían pucheros en el velatorio tal como si aquel pequeño ataúd tuviera poder suficiente como para ablandar sus duros corazones hipócritas. No hubo perdón y no hay olvido. Día a día desde aquel día, tu mujer no hace otra cosa que señalarte: el niño estaba contigo, en tu taxi que no es tuyo y quedó allí tirado en la cuneta mientras tú, Antonio, sigues vivo. 
Por eso, después de todo, Antonio, no te va tan mal cuando aún puedes seguir muriéndote asfixiado por el tráfico, las obras, los municipales que no se enteran, las motos de los repartidores, los autobuses urbanos, los buses escolares...

Así revientes, Antonio
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Aviso a los que me habéis dejado comentarios en mi penúltimo texto del Círculo de los Suicidas Perezosos, El País de las Juergas Sin Fin y al que ahora podéis acceder desde este enlace. 
Ayer metí la pata y en vez de un borrador eliminé la entrada. Afortunadamente la tenía abierta en una ventana y pude recuperar el texto. Voy a intentar copiar y pegar los comentarios perdidos a partir de los emails que han ido llegando. 
Lamento mi torpeza y os pido perdón por ello.