21 septiembre 2011

En el Club Diógenes

"Ya sabe que hay en Londres muchos hombres que, unos por timidez y otros por misantropía, no desean la compañía del prójimo, y no obstante se sienten atraídos por unas butacas confortables y por los periódicos del día. Precisamente para conveniencia de éstos se creó el Club Diógenes, que ahora da albergue a los hombres más insociables y menos amantes de clubs de toda la ciudad. A ningún miembro se le permite dar la menor señal de percepción de la presencia de cualquier otro. Excepto en el Salón de Forasteros, no se permite hablar en ninguna circunstancia, y tres faltas en este sentido, si llegan a oídos del comité, exponen al hablador a la pena de expulsión. Mi hermano fue uno de los fundadores, y yo mismo he encontrado allí una atmósfera muy relajante."
  Arthur Conan Doyle, La aventura del intérprete griego, 1893.





13 septiembre 2011

Regreso a Sócrates

Vivimos tiempos duros. Mientras que unos compran su pack de ideas pret-a-porter en la feria del pensamiento antiguo y de ocasión, otros se ahogan con placer lascivo en el piélago de la incertidumbre. Tanto aquellos como éstos, se sienten orgullosos de su condición y quieren difundir su pócima milagrosa -llámese ideología, llámese nihilismo-  entre los que se muestran dubitativos, indiferentes o insumisos.   
Todos tan sabios, tan seguros, tan condescendientes con el diferente pero incapaces de proyectar un pensamiento propio criado y  alimentado con las propias neuronas. Es preferible recurrir  a productos precongelados de fácil cocción, que respondan a los cánones de la moda, la corrección o las afinidades gregarias. 
Hoy más que nunca deberíamos volver la mirada a la desvalida Grecia, tan a punto de ser devorada por la barbarie económica, y fijarnos en  aquel viejo soldado, feo y casi harapiento, que nos enseñó a desconfiar de nuestras certezas. Es necesario que volvamos a plantear las preguntas esenciales que Sócrates, aquel loco ateniense, se atrevió a lanzar a sus conciudadanos sin miedo a ser pisoteado por las convenciones, los prejuicios o el desprecio.
Ante una convención, una pregunta que la anula. 

Ante un prejuicio, otra que lo desmiente. 
Ante un desprecio, otra más que lo hace inofensivo. 
La llamada ironía socrática -del griego eíromai (preguntar) y eironéuomai (disimular)- era una serie interminable de preguntas que reventaban lugares comunes, desvelaban las falacias de supersticiones añejas y eliminaban la maleza que impide el desarrollo del libre pensamiento individual.

Sí, Sócrates debía ser un tipo bastante insoportable. Un verdadero plasta obsesionado con su propia lucidez. Una lucidez  peligrosa porque procedía de una fuerza hasta entonces desconocida: el reconocimiento de la propia debilidad, de la ignorancia. La ignorancia que te hace fuerte porque te permite ir más allá de las apariencias inmediatas a las que te conduce la realidad.

"Solo sé que no sé nada".  Una frase gastada por el uso pero que sigue manteniendo su poder subversivo a poco que nos fijemos. Era subversiva en la Atenas clásica y es subversiva hoy, en estos tiempos de petulancia extrema y pensamientos hegemónicos.
Sócrates era atrevido, arrogante y despiadado. Un tipo implacable dispuesto a hacer estallar por los aires la forma en que sus contemporáneos construían sus convicciones.  Su célebre juicio da prueba de ello.

Consecuente hasta el final, insoportablemente fiel consigo mismo y  con  las leyes que tanto había respetado, no le quedó más remedio que dejarse arrastrar por la misma lógica inexorable que le había llevado hasta allí. Su suicidio inducido, es un final predestinado por su  pensamiento. Jesús, Sócrates, seres que no admiten las contradicciones. Se conviertan en puras ideas  que terminan por destruir al ser real. Es más, el ser real debe morir para que su sangre fertilice y nazcan frutos, aunque sean tan grotescos como la Iglesia Católica.

¿ Cual son los frutos de Sócrates ? Mirar a vuestro alrededor y buscad personas que intenten pensar por si mismas. Ni alienados, ni alineados. Aunque les cueste. Aunque a veces se  contradigan y sean torpes y no sean capaces de liberarse de las trampas del pensamiento acomodado. A pesar de sus fracasos, de sus carencias, de sus contradicciones; el viejo sabio, pelmazo y atrevido, habita en ellos.