08 febrero 2011

Cenando con mi lado emocional (Kaskarilleira Existencial 11)

Dedicado a cierta buscadora de tesoros que quizás ignora, quizás no, que el mejor tesoro es ella misma.

La mala fama me precede. Soy -según se dice- un tipo arisco, frío y despiadadamente analítico. Me parece bien. Gracias a esas armas, me he convertido en el más implacable sabueso que haya conocido Kaskarilleira. Mi ciudad. Mi cuna y mi tumba. 
Muchos piensan que no es suficiente, que debería darle más juego, más vidilla a mi lado emocional.  
  • ¿Quién es ese? ¿Dónde está?-les pregunto.
  • Debes buscarlo tú o dejar que fluya desde tu interior.
  • Si es líquido y está escondido como el petróleo, sería mejor instalar una torre de exploración para localizarlo.
  • No te lo tomes a guasa, Fiz, tu salud emocional no es ningún chiste. Debajo de tus aires de tipo duro hay un ser escindido que sufre.
"Un ser escindido que sufre". Cuando te dicen esas cosas no puedes permanecer impasible. 
Soy un tipo de acción. Debía hacer algo. Sin más demora.
Decidí invitar a cenar a mi lado emocional. 
Compré selectas viandas en un ultramarinos fino del centro y me pasé la tarde entera cocinando. 
No soy un  Bocuse, ni tan siquiera un Pepe Carvalho pero hay media docena de platos que me salen algo decentes. Preparé cuidadosamente la mesa del comedor. La de los viejos banquetes familiares. Dos comensales en las cabeceras y una semiautomática en la repisa de debajo de mi asiento, por si las moscas. No hay que fiarse de desconocidos.
¿Cómo se convoca a tu lado emocional? En mi caso estába claro.

Me había echado en el sofá y cerrado los ojos para dejarme llevar por la música. Cuando los abrí, un niño de unos 9 años me observaba atentamente desde la puerta. Era un niño raquítico, de aspecto lamentable y mientras me miraba no dejaba de hurgarse la sucia nariz con el dedo índice.
  • ¿Qué coño haces aquí, nene?
  •  Soy tu lado emocional ¿No me reconoces?
  • No, no te reconozco. ¡Pero si eres más canijo que Bart Simpson! Además esta noche no he preparado un menú infantil.
  • Bobo, soy tu lado emocional. Me gustan las mismas cosas que a ti y encima las disfruto mejor.
Era deprimente. Mi lado emocional se parecía a un Joselito desnutrido de postguerra. Lo comprobé cuando ya en la mesa se puso a tragar como un poseso y sin las mas elementales normas de educación. Era repulsivo verle sorber la sopa, relamer las salas y la forma que tenía de trasegar mi vino. No pude probar bocado. Coronó su impudicia con un colosal regüeldo que haría temblar las Murallas de Jericó.
  • ¿Has comido bien? Pues ahora lárgate.
  • ¿Cómo me voy a ir así?  Me llamaste para conocerme y todavía no sabes nada de mí.
  • Comes como un cerdo y te comportas como un hospiciano ratonero al que han llevado en excursión por el campo. Ya me llegó. Vete.
  • ¿Si quieres hablamos de tías? -Una risita maloliente, con gemido final, se escapo de aquellos dientes mezquinos.
  • No quiero verte más- empuñé la pistola y le apunté a la frente- Me has tenido bien agarrado por el pecho durante muchas noches de insomnio y no te perdono que seas tan poca cosa, cabrón.
  • Eres un puto racionalista sin remedio, que lo sepas.
Sonó un disparo que hirió al marco de una vieja foto de boda. Para entonces, el niño se había esfumado.

02 febrero 2011

Vertedero de amores difuntos (2 de 2) (Odisea especial X)

  • La verdad, Moaña, es que casi entiendo a ese Comite de Vigilancia Feminista que quiere  dejarte huérfano de tu presuntuosa masculinidad. Hace más de una semana que nos prometiste seguir con la historia de Encélado pero sólo das largas y más largas. 
  • Virtudes, no es justo que hables así. Este cacharro que le robamos a los modernos exige todos mis esfuerzos y me está costando un huevo y parte del otro enderezar el aparato para recuperar la ruta correcta a Grelicia. 
  • Se agradece que le quieras dar el trabajo hecho a esas feministas tan pelmazas pero dado que irremediablemente vamos a palmarla en este cachivache, al menos amenicemos la espera con tu bonita historia. ¿A que sí, Adrianciño?
  • Sí, mi reina.
  • ¿Ves? Adrián, que es tan comandante como tú, está de acuerdo conmigo.
  • Por la cuenta que le trae, Virtuditas. El pobre no se atreve a contradecirte.
  • Por lo que sea. Suelta lo que tienes que soltar y déjate de rollos. Adrián se hará cargo de la nave mientras tú te apoltronas, te tomas un cafelito y te decides a seguir con lo del satélite en celo. Te advierto que soy muy mirada y puedo bajarte en el ranking. No me gustaría verte perder tu aureola romántica y convertirte en otro inmundo macho humano más.
  • Eso no lo podría soportar, Virtuditas. Dignidad y unas gotitas de vanidad es el coctel de la felicidad. Prosigo pues. El caso es que un inmenso convoy de supernaves gigantes llegó a Encélado y soltó su tremebunda carga. Un mes más tarde, se repitió la misma operación sin que se observasen mayores novedades. Varias sondas de vigilancia observaban minuciosamente aquella luna de Saturno pero en ninguna de las dos expediciones hubo nada reseñable. Tras el verano, en pleno otoño, hubo una tercera descarga en Encélado. Unas horas más tarde se empezaron a oír unos extraños rugidos que procedían de las capas más profundas del satélite. Por si las moscas, las naves de transporte salieron en estampida y solo las sondas robotizadas siguieron registrando todo lo que sucedía en aquel confín. Los rugidos se hacían pavorosos y progresivamente venían acompañados por crecientes torbellinos dentro del mar interior.  Treinta horas más tarde, los torbellinos ya eran  brutales maremotos que emergían por todas partes del interminable océano. Para que te hagas una idea, es como si dejaras una olla al fuego durante demasiado tiempo y empezara a hervir a borbollones hasta salirse fuera. Solo que la superficie  de Encélado roza los 200 grados bajo cero.
  • Hervor en frío, toda una novedad.
  • Hervor en frío y unas aguas que se empezaron a teñir de un rosa intenso y burbujeante. Al cuarto día, la marea estalló con una fuerza de 500 megatones saliendo hacia el exterior por los géiseres del satélite en forma de chorro. Todavía siguen manando y ahora Encélado tiene una capa atmosférica suplementaria que envuelve al satélite con una especie de aura rosa.
  • Venga, no me lo puedo creer. Todo un señor satélite meando en rosa por acción del hombre. ¿Por qué se supone que ese efecto lo produjo el hombre cuando lanzo allí  su mierda?
  • No se ha contemplado otra posibilidad.
  • ¿Y de donde procede el rosa? ¿Cual es la sustancia que le da ese color?
  • La ternura.
  • ¿Cómo la ternura? ¿Te refieres a ese abono químico que usamos para que crezcan la vida incluso en las condiciones más difíciles?
  • Esa misma. Resulta que los antiguos la usaban con cierta prodigalidad y se depositaban tanto en las personas como en los objetos producidos por y para el amor. Cuando se enviaron esos objetos a Encélado nadie pensó en su durabilidad, semejante a la del plutonio. En realidad no creían que se tratara de algo físico sino de una emoción, un sentimiento de afecto sin mayor trascendencia. Lo que no podían suponer es que cuando la ternura entró en contacto con las capas fréaticas de Encélado se produjo una increíble reacción bioquímica. Ahora, gracias a ella, ese satélite es sumamente valioso para el desarrollo de nuestra civilización interplanetaria. Su industria extractiva nos garantiza unas permanentes fuentes de recursos que garantizan la existencia de vida en todo el Sistema Solar.
  • Vaya con la ternura y eso que solo era algo puramente emocional. ¿Nadie se ha planteado volver a darle el mismo uso que los antiguos? En todo caso, nosotros ¿por qué no disponemos de ella?
  • Se ha convertido en un material muy valioso. Necesario para la existencia de vida. Es patrimonio de las autoridades que la tienen bajo control. Está terminantemente prohibido tenerla para uso privado. Esto es confidencial, pero debes saber que a  los bebés se les inocula un vacuna para que no la pueden desarrollar. Pobre de aquel que pillen con la  más mínima dosis. Formando parte de una red de proscritos, la Spaceleaks, he llegado a saber todo ésto; pero que no salga de aquí o nos la jugamos tú y yo.
  • Me mientes. Es una de tus típicas fantasías para que me quede embelesada prestándote atención. Como te gusta hacer con todas las mujeres ¿A que sí, reconócelo? Nadie en su sano juicio puede pensar que la ternura era una emoción antes de ser como ahora un formidable abono químico. ¿Quién se puede creer esa patraña, Moaña?