28 enero 2006

Firmas

Estoy seguro que muchos de los incondicionales de Ferrán Adriá se ríen de sus vanguardistas teorías gastronómicas en sus propias casas cuando, lejos del mundanal ruido, se echan entre pecho y espalda un recio y tradicional plato de lentejas. Sin embargo, consideran que Adriá es un artista de los fogones ya que sus platos tienen firma, es decir, su cocina es cocina de autor y así dentro de cien años, nadie se acordará de la gelatina de trufa con piel de bacalao o de los raviolis de sepia y coco pero sí de un señor que revolucionó la cocina de su tiempo aunque a esas alturas la gente común no tendrá ni pajolera idea de en que consistía tal genialidad. Nos guste o no, esa es la esencia del arte: una obra con firma e incluso, en estos tiempos tumultuosos, una firma como obra tal como han sabido entender los graffiteros callejeros. A los creadores de las catedrales medievales les importaba una higa que se supiese o no que ellos eran los autores de sus asombrosas construcciones ya que no estaban contaminados por la idea del prestigio personal. Hoy, en cambio, hasta los entrenadores de fútbol firman sus tácticas. A falta de una divinidad a la que entregar nuestros esfuerzos, asesinada por la ciencia y la proverbial estupidez de la grey eclesiástica, inventamos un mundo de firmas esperando quiméricamente que eso nos garantice un pase a la gloria, es decir, al recuerdo ajeno, dando por hecho que el recuerdo es la única forma de eternidad que nos es permitida.

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